domingo, 31 de octubre de 2010

Elecciones legislativas en Estados Unidos: la guía electoral

La mañana del miércoles 3 de noviembre, la prensa saldrá a la calle con resultado de estos comicios. Sin duda nos van a contar cómo queda el equilibrio de las fuerzas del Capitolio, pero la democracia estadounidense es mucho más compleja. En realidad se celebran centenares de elecciones, cada una con distinta dinámica, candidatos y significado; para entender este proceso es necesario examinar de cerca al menos algunas de ellas, prestándole especial atención al fenómeno del tea party, que amenaza con forzar una involución de la política americana y con extender su conservadurismo al resto de las democracias occidentales.

Para no abusar del espacio, hay que sintetizar la situación en la Cámara de Representantes. Perder menos de 39 escaños supondría la supervivencia de la mayoría demócrata, y un inesperado triunfo para Obama y la speaker Nancy Pelosi. No es probable, ya que la mayoría de indicadores apuntan a que los republicanos conseguirán entre 50 y 70 escaños y unos 48 o 49 senadores. A día de hoy, este escenario sería malo pero no del todo catastrófico para el presidente. No obstante, algunos analistas apuntan a que es posible una sangría aún mayor para los demócratas, perdiendo incluso ambas cámaras, en el que sería el mayor varapalo en generaciones a uno de los dos grandes partidos.

Paso a reseñar la situación de algunas de las elecciones clave, cuyos resultados pueden ser no sólo el primer paso hacia una nueva política estadounidense para esta década, sino también condicionar el devenir europeo. No olvidemos lo que la “Reagan revolution” de los 80 supuso en todo Occidente. Aprovecho también para agradecer de nuevo a Javier Bouzas el espacio que tan generosamente me ha cedido en su Blog para publicar esta serie de artículos, que espero que hayan sido de utilidad y del agrado de sus lectores habituales.

California. Parece imposible para un demócrata ganar las elecciones presidenciales sin imponerse en este enorme Estado de 38 millones de habitantes y 55 votos en el colegio electoral. Por lo tanto, la derrota de la senadora Bárbara Boxer (opta a un cuarto mandato) o del candidato a la gobernatura Jerry Brown sería una estocada mortal para la Casa Blanca. No sólo podría alentar algún desafío serio en las primarias de 2012 (como el de Ted Kennedy a Carter de 1980), sino que espantaría enormemente a los demócratas supervivientes en el Congreso. Con los legisladores de su propio partido huyendo de su lado en desbandada, es improbable que ni con la mejor de las voluntades el presidente lograra una mayoría bipartidista suficiente como para hacer algo en lo que le resta de mandato.

Afortunadamente, parece que tanto Boxer como Brown han logrado ampliar la ligera ventaja que venían manteniendo en las encuestas. Brown puede estar relativamente tranquilo, ya que adelanta por casi diez puntos a la republicana Meg Whitman. Más apurada está Boxer. Aunque la demócrata ha consolidado una ligera ventaja en las encuestas esta semana, justo en el límite del margen de error (unos cuatro o cinco puntos), sigue sin rebasar claramente el 50%; las esperanzas de la republicana Carly Fiorina, una antigua ejecutiva de HP de perfil moderado, de arrebatarle el escaño siguen por tanto siendo plausibles. Aunque no es probable que el tsunami republicano llegue a barrer este año las playas californianas, los demócratas se sienten obligados a ganar en la costa oeste. Encontrarse aquí con más dificultades de las esperadas sería el más ominoso de los avisos para el partido de Obama.

Nevada. Ganar aquí sería la guinda del pastel para los republicanos, que nunca han estado seguros de sus posibilidades en California. El demócrata Harry Reid, líder de la mayoría en el Senado, parecía políticamente muerto hace un año, cuando estaba hasta 20 puntos por detrás de cualquiera de sus rivales potenciales. No obstante, después de que la moderada Sue Lowden hundiera su campaña con una serie de ineptas declaraciones, Sharron Angle logró imponerse en las primarias republicanas a Danny Tarkanian gracias al apoyo del Tea Party. De repente, las esperanzas de reelección de Reid se recuperaron. El posicionamiento de Angle a favor de eliminar el departamento de educación, el Medicare o la seguridad social, así como la salida de los Estados Unidos de la ONU, movilizó a parte de la base progresista, permitiendo una volátil ventaja del demócrata en las encuestas estos últimos dos meses. Víctima de su impopularidad, Reid confiaba en que el extremismo de la republicana y la peculiar ley electoral de Nevada, que incluye la opción de votar por “none of the above” (es decir, por ninguno de los candidatos) podría dividir el voto independiente anti-Reid y facilitar su retorno al Senado.

Harry Reid es una institución en la política norteamericana. Su firme oposición a la mafia de Las Vegas casi le cuesta la vida en 1981, víctima de un coche-bomba. Es un antiguo boxeador y parte de su historia ha sido reflejada en películas como Casino o Traffic (donde hasta hace un cameo). A pesar todo, sus maneras aristocráticas no le favorecen ante las cámaras, y no salió nada bien parado de su debate televisivo con Angle. La tea partier ha logrado desde entonces una ligera ventaja de entre dos y cuatro puntos en las encuestas. Los republicanos conseguirán un gran golpe de efecto psicológico si logran derrotar por tercera vez en quince años a un líder demócrata del Congreso, después de dejar a Tom Foley o a Tom Daschle sin escaño.

Harry Reid tiene a su favor la experiencia de haber ganado ya unas elecciones como underdog por unos cientos de votos en 1998; en su contra juega el hecho de que (pese a su apoyo a la agenda progresista de Obama), puede ser difícil para un mormón con una visión muy restrictiva en temas como el aborto movilizar al electorado progresista este año. Cabe añadir que su hijo Rory Reid es también candidato a gobernador de Nevada, pero no tiene ninguna posibilidad de derrotar a su rival Brian Sandoval. Parece que 2010 va a ser un mal año para la familia Reid.

Illinois. Una reñida contienda electoral que puede decidir el Senado, con el morbo añadido de que se trata del antiguo escaño de Obama, que el anterior gobernador Rod Blagojevich trató vender al mejor postor, desatando un sonado escándalo que acabó con su destitución. Su sucesor, el demócrata Pat Quinn, lo va a tener muy difícil para mantener la gobernatura, si bien sólo está a unos cuatro puntos del republicano Bill Brady. No mucho, considerando la pesada carga de corrupción que recae sobre sus hombros. Algo mejores son las perspectivas del jovencísimo demócrata Alexi Giannoulias, quien tras una apretadísima campaña contra el moderado Mark Kirk está llegando a la línea de meta electoral sólo con un par de puntos de desventaja. Giannoulias se ha visto además perjudicado por una investigación de las supuestas prácticas financieras fraudulentas del Broadway Bank, negocio familiar en el que trabajó algunos años, si bien él no ha sido salpicado personalmente por el escándalo. Por fortuna, la imagen de Kirk también se ha visto empañada por ciertas exageraciones sobre su historial militar, y la fuerza tradicional del partido demócrata de Illinois hace posible mantener cierta esperanza en que al menos el antiguo escaño del presidente se salve in extremis el día de las elecciones.

Colorado. Otro de los estados en los que se decide no sólo la mayoría en el Senado, sino la fortaleza con la que el Tea Party va a emerger de estas elecciones. Los tea partiers apostaron en las primarias por Ken Buck, que ha visto sustancialmente recortada su ventaja de las encuestas de inicios de octubre, tras hacer controvertidas declaraciones equiparando homosexualidad y alcoholismo. Su rival, el demócrata Michael Bennet, fue nombrado temporalmente por la legislatura del Estado en sustitución de Ken Salazar, a quien Obama designó secretario de interior. A su favor juega el escaso tiempo que lleva en el cargo; en contra, unas duras primarias en que tuvo que enfrentarse a candidatos a su izquierda, lo que puede haberle extraviado parte de la base progresista que se hubiera movilizado en contra de Buck, quien en este momento se encuentra sólo un punto por delante de su rival. Los demócratas esperan mantener aquí la gobernatura del Estado, si bien el candidato independiente Tom Tancredo ha experimentado una sólida recuperación en las encuestas estas últimas semanas. Colorado es un Estado importante para los demócratas, que esperan consolidar su posición aquí gracias a las recientes tendencias demográficas.

Florida. El arranque de la temporada electoral en este competitivo Estado, clave para ambos partidos, no pudo ser más convulso. En mayo de 2009, el popular gobernador republicano Charlie Crist se postuló para ocupar el escaño que su compañero Mel Martínez dejaba vacante en el Senado; durante un año se dio por hecha su candidatura, pero un inoportuno abrazo en público al presidente Obama y su apoyo al plan de estímulo hundieron su campaña de forma inesperada y fulminante. La ventaja de 30 puntos que Crist mantenía sobre el conservador Marco Rubio en las primarias republicanas se esfumó de la noche a la mañana. El gobernador decidió postularse como independiente, mientras que el joven Rubio, antiguo speaker de la Cámara de representantes de Florida, se hacía con la nominación republicana gracias al apoyo del Tea Party. Crist partía con una cierta ventaja en las encuestas para hacerse con el escaño, pero Rubio (hispanohablante hijo de exiliados cubanos, fiscalmente conservador y católico valedor de la familia) ha logrado tomar la delantera a lo largo del mes de octubre, y ahora lidera cómodamente las encuestas. Si logra imponerse con la rotundidad esperada (alrededor de 10 puntos), reforzaría la capacidad de influencia del Tea Party: una paliza a Crist serviría para disuadir a los republicanos moderados de cualquier veleidad progresista. Finalmente, el candidato demócrata es el afroamericano Kendrick Meek, que languidece en un lejano tercer puesto sin ninguna posibilidad de victoria.

Por su parte, la candidata Alex Sink alberga esperanzas de recuperar para los demócratas la gobernatura del Estado tras doce años de dominio republicano, en lo que podría ser una de las escasas alegrías de Obama en la noche del 2 de noviembre. Desde las primarias, su campaña ha sido de las más reñidas, y a día de hoy está totalmente empatada con su rival, Rick Scott.

Virginia Occidental. 2010 no iba a ser año electoral en este pequeño estado, pero la inoportuna muerte del nonagenario senador Robert Byrd el mes de junio abrió un nuevo flanco vulnerable en las líneas demócratas. A pesar de haberse decantado por los republicanos a nivel presidencial esta última década, Virginia Occidental (un territorio de carácter rural, muy ligado a la minería del carbón) sigue siendo fuertemente demócrata a nivel estatal, y el gobernador Joe Manchin confiaba en ganar el escaño que Byrd retuvo cómodamente durante más de seis décadas. No obstante, estas elecciones se han convertido en una montaña rusa en la que el demócrata Manchin (a pesar de su popularidad como gobernador) y su rival John Raese han perdido y recuperado varias veces el liderazgo en las encuestas de forma abrupta. A escasos días de la cita con las urnas, Manchin cuenta con unos cinco puntos de ventaja sobre el republicano, pero la volatilidad de estos comicios los convierte en una de las posibles claves del control del Senado.

Alaska. La senadora republicana Lisa Murkowsky fue derrotada contra pronóstico en las primarias de su propio partido por un joven y desconocido abogado llamado Joe Miller, que contaba con el apoyo de la ex-gobernadora Sarah Palin. Desde entonces, se ha convertido en una de las estrellas del Tea Party, y al igual que pasa en Florida con el duelo entre Marco Rubio y Charlie Crist, su victoria supondría una segura radicalización dentro del seno del partido republicano. Dadas las pocas posibilidades del demócrata Scott McAdams de ganar, Murkowsky decidió luchar por permanecer en el Senado como independiente. La ligera ventaja de Miller sobre su antigua compañera de partido de estas últimas semanas se ha ido estrechando aún más: empate técnico.

Washington. La senadora demócrata Patty Murray ha afrontado una dura campaña de reelección en uno de los estados de la costa oeste que su partido no se puede permitir perder. El rival que la está poniendo en aprietos es alarmantemente mediocre: Dino Rossi, un empresario inmobiliario derrotado ya dos veces consecutivas como candidato a la gobernatura de un estado que se ha escorado notablemente a la izquierda los últimos veinte años. A pesar de lo poco inspirador que resulta el republicano, las encuestas señalan un empate técnico entre ambos candidatos. Si Murray, que apenas le saca uno o dos puntos a su rival (algo muy peligroso para un cargo electo), no logra ser elegida para un cuarto mandato, los demócratas no sólo acusarán la herida en uno de sus feudos, sino que perderán a una de sus legisladoras más fuertes en el Capitolio.

Kentucky. A diferencia de otros candidatos al Senado respaldados por el Tea Party, Rand Paul no es en absoluto un joven desconocido. Este enérgico oftalmólogo y activista en contra de los impuestos es hijo del mítico congresista Ron Paul, quien fuera varias veces contendiente en las primarias republicanas a la presidencia y auténtico sucesor de Barry Goldwater como voz de la conciencia de la derecha republicana (aunque sus ideas beben más de Ludwig von Misses y Friedrich Hayek). Después de imponerse en las primarias, Rand Paul ha conseguido mantener hasta hoy un sólido liderazgo en las encuestas sobre el demócrata Jack Conway que, de materializarse en las urnas, le podría convertir en uno de los principales líderes de la oposición. Rand Paul ha heredado de su padre un sólido bagaje ideológico (aunque su radical individualismo le lleva a mantener ciertas posiciones heterodoxas, como su oposición a la patriot act) que le puede convertir en el perfecto nexo entre el tradicional sector conservador republicano y el Tea Party. Algunos creen ven en él un candidato viable a la presidencia; unos buenos resultados el 2 de noviembre pueden ayudarle a emprender ese camino.

Es imposible comentar in extenso todas las candidaturas significativas. Aunque he dado cierta preferencia a las contiendas más reñidas, no conviene olvidarse de aquellas que estando aparentemente decantadas en las encuestas, también pueden tener lecturas importantes. Conviene mirar por el rabillo del ojo la magnitud de las probables derrotas de demócratas como el senador Russ Feingold de Wisconsin o el gobernador Ted Strickland de Ohio; confiados hasta hace pocos meses en su reelección, ambos se encuentran en estados del medio oeste que se suponían escorados en las últimas décadas hacia los demócratas. Igualmente preocupante sería que, por ejemplo, el emblemático demócrata Dennis Kucinich (el principal portavoz de la izquierda demócrata) tuviera demasiados problemas para ser reelegido en el décimo distrito de Ohio.

Como conclusión, hay que decir que esta guía no caduca el 3 de noviembre. En mi opinión, estas elecciones son el segundo capítulo de un proceso político que comenzó en 2008 y que puede ser clave para definir el rumbo de las democracias occidentales en el futuro. Como a finales de los 70, estamos en un momento de búsqueda de nuevos modelos políticos y económicos; al igual que en el pasado, estas elecciones pueden condicionar decisiones clave y alumbrar líderes insospechados. Conocer sus claves es conocer las raíces del futuro.


Dion Baillargeon

viernes, 29 de octubre de 2010

Marcelino Camacho, sindicalista de la libertad y de los trabajadores


Hablaba ayer con mi compañero de carrera Dion Baillargeon (siento si vuelves a monopolizar el blog, jeje), sobre Kirchner, de que la muerte de grandes figuras públicas nos hace glorificarlas y elevarlas a una categoría de estadistas que en vida no nos habríamos atrevido a realizar.

Hoy, sin embargo, no se nos ha ido un político de usar y tirar de los de ahora, producto del mundo consumista actual, sino una persona de gran talla, de los de antes, de los que tanto nos queda aún por aprender. Se nos ha ido Marcelino Camacho.

El histórico líder de Comisiones Obreras era, en palabras de su hijo, "un hombre bueno, dedicado a los trabajadores, las causas sociales y el Estado de bienestar". Pocas, pero exactas palabras, para resumir brevemente una agitada vida de lucha por la libertad de los españoles y la defensa de los derechos de los trabajadores.

Fundador del sindicato CC.OO., sufrió persecución por el franquismo, y condenado por la dictadura en el famoso Proceso 1001 y, junto con otros nueve dirigentes sindicales, recluido en la Cárcel de Carabanchel, de la que hoy sólo queda el recuerdo. Condenados por delitos de lo que en los países desarrollados y democráticos de Europa eran derechos reconocidos e incuestionable: la libertad de asociación y la defensa de los derechos sociales, dos derechos que ahora desdeñamos y no alcanzamos a comprender ni su importancia ni cuántos años y cuánta gente costó que fueran reconocidos.

Espero que su figura se mantenga fresca en el recuerdo de todos los que creemos que la defensa de la libertad y de los derechos de los ciudadanos, sobre todo de los que menos tienen, están por encima de todo. Espero que su figura, que ya contra el franquismo se hizo un hueco en la Historia, no acumule el polvo que se reservan a los héroes ausentes. La lucha que inició Marcelino Camacho era necesaria entonces y ahora. Sí, también ahora, cuando el sindicalismo se enfrenta a su peor crisis en años, no sólo por la campaña de desprestigio de la prensa y de la derecha política y económica, sino por su crisis interna. Los sindicatos ven envejecer sus bases, sin recambio, sin confianza entre los miles de jóvenes desempleados, becarios y empleados con un contrato precario o mileurista.

En esta vida no podemos elegir entre garantizar las pensiones de los trabajadores de ahora y a los que están por venir o resolver el acuciante problema del paro estructural español y del gran paro juvenil, haciendo que siempre sufran los trabajadores y desempleados. Estas cuestiones deben resolverse juntas: se puede, y ya sabemos quiénes son los que se resisten a hacer de la democracia política española una verdadera democracia social.

Mantener viva la defensa de los trabajadores y adaptarla a sus nuevos problemas y multiplicidad de intereses es el mejor modo de honrar a Marcelino Camacho.

jueves, 28 de octubre de 2010

Kirchner marcó una época


"Kirchner marcó una época". Así titula en portada Clarín, principal diario de la República Argentina (y alejado en intereses e ideología con el peronismo gobernante) la muerte del ex presidente Néstor Kirchner.

Su muerte ha cogido a todos por sorpresa. Tan pronto como se supo la noticia se pusieron en marcha tanto los periódicos para los acostumbrados obituarios, comentarios de expertos... como los políticos argentinos a especular qué sucederá ahora.

La historia reciente argentina no puede explicarse sin el peronismo. No es un movimiento social al uso ni un partido político corriente. Es algo más. La historia del peronismo es muy recurrente y repleta de figuras y modelos que ahora todos usamos para analizar qué está pasando.

Hay quienes comparan la figura de Néstor Kirchner con la de Juan Domingo Perón o Carlos Menem, amados y odiados a partes casi iguales por la sociedad argentina. Motivos no les faltan. En su presidencia, Kirchner tuvo que enfrentarse a la penosa situación económica precedente, caracterizada por el corralito, la falta de confianza en la clase política y el deterioro del nivel de vida. Hasta la crisis económica mundial, la economía ha crecido con fuerza y las clases más desfavorecidas, la base del peronismo kirchnerista, han visto mejorar sus condiciones de vida. Kirchner había conseguido una legitimidad carismática que en su momento sólo han tenido Perón y Evita. Incluso en la presidencia de su mujer, Cristina Fernández de Kirchner, su sombra tras el poder ha sido alargada, preparando su vuelta a la primera magistratura de la nación argentina.

Igualmente, Cristina Fernández también es comparada con otras dos figuras importantes del peronismo: Eva Duarte de Perón, Evita, y María Estela Martínez de Perón, Isabelita. La comparación no se ha hecho a la ligera: sin el soporte de su marido, Cristina debe demostrar la fortaleza de su posición en el gobierno y en el peronismo, si será la Evita fuerte del golpe del 45 o la Isabelita de la guerra sucia e incapaz frente al caos social, político y económico de los años 70.

La supuesta imagen de una Cristina Fernández débil y aislada sin la influencia de su marido no deja de tener cierta carga machista y de subestimar su figura política. No hay que olvidar que en los comienzos de los Kirchner en los cargos públicos Cristina ocupó puestos más elevados que su marido, siendo legisladora provincial de Santa Cruz entre 1987 y 1995, y diputada y senadora nacional entre 1995 y 2007. Por su parte, Néstor Kirchner fue intendente de Río Gallegos de 1987 a 1991 y gobernador de Santa Cruz de 1991 a 2003.

¡Fuerza, Cristina!, animan los simpatizantes peronistas. Los problemas a los que ahora se enfrenta Cristina Fernández en solitario son ya conocidos: pérdida de la mayoría en la Cámara de Diputados, conflictos con la CGT (el sindicato peronista), conflictos con la prensa por la controvertida Ley de Radiodifusión, conflictos con la patronal agropecuaria, deterioro de la situación económica... con o sin su marido, estos problemas requieren de mucho diálogo, negociación y compromisos. Sin duda, muchos políticos ambiciosos querrán sacar rédito electoral para desgastar a la presidenta argentina en beneficio propio.

¿Qué sucederá? Aún es pronto para saberlo. Se concretarán alianzas para el futuro, puede que Cristina vea reforzada una imagen de mujer luchadora contra la adversidad, puede que sin la legitimidad carismática de su marido pierda apoyos... La movilización de las bases peronistas será fundamental en el futuro, la mismo que la continuación de la campaña de la prensa en contra de la actual administración para la oposición. La oposición no es un bloque homogéneo (formada por radicales, peronistas disidentes y pequeños grupos de izquierda y derecha) que no puede sobrevivir a base de ser anti-Kirchner. A día de hoy, no hay en Argentina una alternativa única al peronismo kirchnerista. Quizás así sobreviva unos años más. Quizás mañana todo sea distinto. El tiempo lo dirá.

lunes, 25 de octubre de 2010

Hanns Eisler, músico del pueblo


La Historia está plagada de personajes que, por azar del destino o de la mala memoria de las personas, suelen quedar en el olvido. Yo no conocía la vida de Hans Eisler hasta hace pocos meses, cuando Dion me lo mencionó.

Hans Eisler nació en Leipzig, Alemania, en 1898. Siendo muy pequeño, su familia se trasladó a Viena, capital del entonces Imperio Austrohúngaro. Tras su paso por la Primera Guerra Mundial como soldado del imperio de los Habsburgo, estudió composición con Arnold Schönberg, fundador de la Segunda Escuela de Viena o Moderna Escuela de Viena, de música clásica vinculada al expresionismo.

Posteriormente se alejó de esta corriente y se vinculó al marxismo como pensamiento político y al realismo socialista como corriente artística, al mudarse a Berlín a mediados de los años 20, cuando la capital de la turbulenta República de Weimar era la capital de la cultura centroeuropea. Se sumó a la corriente de la Nueva Objetividad, que rechazaba el expresionismo, y se vio influido por los nuevos tipos de música popular de la época, esto es, el jazz y el cabaret. Eisler también cultivó su colaboración con el dramaturgo Bertolt Brecht, escribiendo la música de sus obras teatrales. También, durante los últimos años de la República de Weimar, Eisler dio a conocer canciones de protesta para uso del proletariado y de los sectores marginados de Alemania. Su intención, en línea con su independencia en el realismo socialista, era crear música para uso del pueblo.

Tras la llegada al poder del nazismo, Eisler, junto con muchos artistas e intelectuales alemanes, marchó al exilio. En Estados Unidos, enseñó composición en la New School de Nueva York y escribió música de cámara, para cine y para documentales. Con el inicio de la Guerra Fría y de la histeria anticomunista, Eisler fue deportado en 1948, regresando a Alemania, a la RDA. Allí, compuso una de sus grandes obras, el himno oficial de la República Democrática Alemana, Auferstanden aus Ruinen (Levantada de las ruinas). Sin embargo, su independencia de criterio le causó problemas con el régimen comunista. Su ambicioso proyecto de una ópera moderna sobre Fausto, en su línea de música para el pueblo, fue atacado por la censura y no pudo terminarlo. También, se vio obligado a declarar su lealtad al marxismo en varios procesos abiertos por las autoridades de la Alemania oriental. Caído en desgracia, Eisler siguió el resto de su vida enseñando en el conservatorio de Berlín Este, deprimido por la muerte de su amigo Bertolt Brecht.

Murió en 1962. Con ello, su figura de pensamiento libre quedó en el olvido de la historia oficial en la Europa comunista. A la caída de la RDA en 1989, su último jefe de gobierno, el democristiano Lothar de Maizière, pidió que el himno de la Alemania reunificada fuera el Auferstanden aus Ruinen, el himno compuesto por Eisler. Su propuesta no fue atendida. Con ello, la figura de Eisler se perdió también para el resto de sus compatriotas occidentales alemanes y para la nueva Alemania.

Eisler fue, sin ninguna duda, un músico del pueblo y un exponente de la independencia de criterio frente a todo dogma, burgués o marxista. En muchas ocasiones, la historia la componen los vencedores, condenando al olvido a aquellos que se negaron a profesar una obediencia ciega al poder. No es el primero, ni será el último.

sábado, 23 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (y III): Una opinión personal

Por último, es inevitable acabar con esta cuestión: ¿Qué han hecho mal los demócratas? ¿En qué se ha equivocado Obama? Gran parte de la izquierda europea y estadounidense contestará sin dudar que el presidente ha alienado su base por culpa de una política demasiado conservadora; por el contrario, los moderados sostienen que Obama ha aprobado una legislación radical, exprimiendo al límite la división partidista en el Congreso y lanzándose a una orgía de gasto público que ha asustado a centristas e independientes. Por supuesto, los consejos de ambos grupos van en direcciones opuestas. “Hay que seguir el modelo de Clinton” sentencian los segundos, recordando el exitoso viraje al centro de la última administración demócrata; “Hay que ser como Roosevelt” insisten las voces más a la izquierda, con el famoso second New Deal en mente.


Personalmente creo que ambas posturas son sesgadas y muy cortas de miras. Primero, porque las soluciones del pasado no sirven siempre para construir el futuro; pero sobre todo porque Obama se ha visto envuelto en este fuego cruzado por su decisión de hacer algo en lugar de no hacer nada. Si el verdadero juego democrático implica que una puntual mayoría no puede imponer fácilmente sus criterios de forma unilateral, medidas de un alcance tan gigantesco como las reformas sanitaria o financiera requieren de acuerdos que nunca contentan completamente a todos. Por tanto, gobernar con ambición en Democracia es necesariamente un acto divisivo y a veces hasta crispante. Sobre todo cuando se trata de medidas a largo plazo cuyos beneficios tardarán en notarse, como es el caso. Obama dijo: “prefiero ser un buen presidente de un solo mandato que un presidente mediocre de dos”. Esta actitud, unida a una impredecible crisis económica, explica el sombrío horizonte que se dibuja para su partido en estas elecciones.


Dion Baillargeon

viernes, 22 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (II): Las claves electorales

En este contexto, explicado en la entrada de ayer, la hipótesis que los demócratas manejaban antes del verano para enfrentarse a esta cita con las urnas parece ahora demasiado ingenua. El precedente histórico favorito de la actual Administración es la trayectoria de Ronald Reagan: la recesión económica, el repunte del desempleo y el deterioro de la popularidad del presidente siguieron entonces un patrón casi idéntico al actual, coincidiendo el cenit del malestar ciudadano precisamente con las legislativas de 1982. La Casa Blanca parecía la pasada primavera segura de poder mantener este paralelo histórico: los republicanos de Reagan perdieron 26 miembros en la Cámara de representantes y mantuvieron el control del senado. Dentro de estos márgenes, el mazo del speaker seguiría hoy en manos de la californiana Nancy Pelosi.


Ahora, como entonces, los votantes están enfadados pero, ¿con qué están enfadados? La respuesta a esta pregunta determinará en gran medida los resultados electorales el próximo noviembre. Hace un año, las luces rojas se encendieron para los demócratas, cuando Martha Coackley perdió el escaño de Ted Kennedy a manos de un republicano desconocido llamado Scott Brown. A esta derrota en Massachussets se sumaron las victorias republicanas en las elecciones a gobernador de New Jersey y Virginia. Todos estos estados habían votado decididamente por Obama sólo unos pocos meses antes, y el presidente (aún popular entonces) se había involucrado activamente en las campañas electorales. ¿Qué estaba ocurriendo?


La respuesta con la que los aturdidos demócratas trataron de tranquilizarse fue que la ciudadanía estaba enfadada con los cargos electos. Se trataba de golpear al status quo, al partido en el poder. Dos ciclos electorales exitosos habían puesto en sus manos casi todos los distritos electoralmente competitivos, así como la gobernación y la mayor parte de las legislaturas estatales; tras la reciente debacle republicana, les tocaba retroceder simplemente por ser quienes más tenían que perder. No obstante, las encuestas han ido dibujando una realidad mucho menos amable para el partido que actualmente controla todos los mármoles en Washington. Si de verdad se tratara de una simple bofetada al stablishment, esta debería haber afectado también a algunas poltronas republicanas, y los demócratas podrían al menos limitar su retroceso con un puñado de victorias.


No parece el caso. En Texas, el republicano Rick Perry (el gobernador que más tiempo ha detentado el cargo en la historia del estado y quintaesencia del insider político) tiene una ventaja clara sobre su rival demócrata Bill White; mientras, al demócrata californiano Jerry Brown le cuesta consolidar su posición en las encuestas a pesar de los desastrosos ocho años del governator Schwarzenegger, y lo mismo pasa con la candidata Alex Sink en Florida, aunque los republicanos llevan ya doce años consecutivos ocupando el sillón del gobernador. Estas son las magras esperanzas de consuelo para un partido demócrata que se prepara para perder gobernadores en Pennsylvania, Wisconsin, Nuevo México, Michigan, Iowa y Maine. Oregón, Minessota, Ohio e Illinois también están en peligro; y todos estos Estados le dieron la victoria a Obama hace sólo dos años, la mayoría por amplio margen.


La síntesis de la situación de las elecciones al Congreso es aún más elocuente: ningún senador conservador está en peligro este año, y sólo 2 de los 178 escaños republicanos de la Cámara de Representantes (uno por Delaware y otro por Louisiana) parecen susceptibles de cambiar de manos. Es obvio que el enfado de los votantes con los actuales cargos electos no se reparte proporcionalmente por todo el espectro ideológico.


Esto nos lleva a la segunda hipótesis: esta angustia no salpica por igual a todos, se centra en las cabezas visibles de un stablishment que no ha sabido tomar las medidas necesarias para atajar la crisis y ha impulsado leyes impopulares: Obama, Nancy Pelosi y Harry Reid, el líder de la mayoría demócrata en el Senado (cuya lucha por la supervivencia en Nevada contra la radical tea partier Sharron Angle es, por cierto, uno de los capítulos con más morbo político de estas elecciones). Los candidatos demócratas que ponen sus esperanzas de reelección en esta suposición no sólo han evitado las fotografías con sus propios jefes de filas, sino que airean spots publicitarios donde les critican abiertamente.


Si esta fuera la estrategia correcta, los blue dogs (demócratas conservadores que tratan de sobrevivir en distritos republicanos, en los que vencieron impulsados por la ola anti-Bush de los últimos años) que se opusieron desde el principio al mainstream de su partido votando en contra de los proyectos del presidente, deberían tener unas perspectivas mucho más halagüeñas. Tampoco parece el caso. Es más, el congresista Tom Perriello se ha convertido en la curiosa excepción. Demócrata elegido en 2008 por un distrito rural conservador de Virginia, no sólo ha apoyado la agenda legislativa de Obama, sino que ha decidido defenderla orgullosamente en campaña. El resultado: a pesar de tener pocas posibilidades de ser reelegido (las últimas encuestas le otorgan un 44% de intención de voto, un punto por detrás de su rival), es el mejor posicionado de entre todos los candidatos en una situación similar a la suya.


¿Qué demonios está ocurriendo entonces? Cada vez parece más probable una temible tercera opción, de la que la Casa Blanca no quiere ni oír hablar. Lo que se está gestando no sería una reacción en contra del status quo, ni una bofetada a quienes han promovido unas reformas impopulares; sería una reacción conservadora y antiprogresista generalizada. Todo lo anterior: la crisis económica, el enfado con los cargos electos o la impopularidad de las reformas, no serían más que los ingredientes de una tormenta política perfecta alentada y dirigida desde los medios conservadores (el locutor Rush Limbaugh, Glenn Beck, Fox News) contra todo lo que huela a demócrata.


En este contexto da igual cualquier estrategia de campaña o el sentido de los votos emitidos por los congresistas: una estampida de votantes conservadores electrizados, convertidos en una bestia ciega, no van a hacer distingos y tratarán de tumbar cualquier cosa con una mínima relación con la actual Administración. La apatía del electorado progresista, que no entiende que las reformas son una apuesta a largo plazo, puede hacer el resto.


Aunque ninguno de estos escenarios es excluyente, es probable que el número de bajas demócratas dependa en gran medida de la forma en la que estos factores se combinen a la hora de llevar a los electores a las urnas. En el caso de que la última hipótesis sea la más determinante, no podemos descartar que se cumplan los pronósticos de algunos analistas como Michael Barone o el controvertido Dick Morris, que están hablando de hasta un centenar de congresistas demócratas que podrían ser derrotados en noviembre. En un artículo del pasado 27 de septiembre, Morris señalaba que más de 70 congresistas demócratas están ahora mismo por detrás de sus contrincantes en las encuestas, y que 19 más se encuentran por debajo del listón del 50% de intención de voto. Se considera que un congresista, aunque en principio supere ampliamente a su rival, tiene problemas para optar a la reelección cuando está por debajo del 50%, ya que la mayoría de indecisos suelen decantarse masivamente por el challenger el día de las elecciones. Otros señalan que la distancia se reducirá a medida que los votantes demócratas se decidan a depositar su papeleta. La gran volatilidad de las encuestas aún deja margen para la esperanza a los demócratas, pero si las cosas no mejoran podemos estar ante la reedición de los grandes tsunamis de 1938 o 1894; ambos motivados por fuertes recesiones económicas, por cierto.


Cabe insistir en que, más que la pérdida de capacidad de actuación legislativa del presidente (algo que se deba por descontado, incluso conservando ambas cámaras), lo preocupante de estas elecciones es la influencia que pueden tener en la orientación ideológica del partido republicano en el futuro. Pero ese es un tema que merece un análisis más profundo.


Dion Baillargeon

jueves, 21 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (I): Lo que está en juego

Durante los próximos tres días, en este blog se irán publicando una serie de artículos sobre las próximas elecciones legislativas estadounidenses. No soy un entendido en la materia, pero estas legislativas están cobrando mucha importancia tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. El fenómeno del Tea Party, la reacción al programa reformista de Barack Obama y la persistencia de la crisis económica marcan estas elecciones.

Por todo ello, dejo que Dion Baillargeon, compañero y estudiante de Historia, mucho más conocedor de la materia, nos acerque a comprender un poco más que está en juego en estas elecciones y cuáles son sus claves que pueden determinar el resultado final y sus consecuencias en la política estadounidense.

Javier Bouzas


En Estados Unidos, un tercio del Senado y la totalidad de los 435 miembros de la Cámara de Representantes son renovados cada dos años. Por lo tanto, aún fresca en la memoria la vorágine política que le llevó a la Casa Blanca, Barack Obama está a punto de enfrentarse a sus primeras elecciones legislativas. A la vista de la escasa información que puede encontrarse en los medios españoles, le ofrecí mi colaboración a nuestro anfitrión, Javier Bouzas, para publicar en su blog una pequeña serie de entradas sobre este proceso electoral. Con su permiso, trataré de sintetizar lo mejor posible mi perspectiva sobre el particular.


Para empezar, la monótona regularidad con la que el estricto calendario político marca los tiempos de las sucesivas presidencias, determina una serie de rasgos de la democracia estadounidense que es bueno tener en cuenta: primero, la famosa propensión a la atonía del electorado; en segundo lugar, la no tan conocida obsesión de los comentaristas políticos por rebuscar en recónditos paralelos históricos el fundamento de sus predicciones; y por último, la obligada anticipación con la que los mandatarios planean su estrategia de gobierno. En este particular marasmo democrático, nos puede pillar fácilmente desprevenidos la crucial importancia de alguno de los ciclos electorales bianuales que apretadamente jalonan la vida pública del país norteamericano.


No obstante, me atrevo a decir que estas son las elecciones legislativas más cruciales en décadas, y sus repercusiones pueden ir más lejos aún que las de 1994, cuando los demócratas perdieron el control del Congreso por primera vez en cuarenta años. Todos sabemos que Obama va a sufrir un severo revés en las urnas, y los más informados pueden decir que es normal, que el partido del presidente casi siempre pierde escaños en las legislativas de un primer mandato (una de las escasas excepciones es precisamente George W. Bush, que reforzó su mayoría en las cámaras en las elecciones de 2002, aún marcadas por el shock del 11-S). Pero esta vez es diferente.


Como ya he apuntado, los presidentes norteamericanos entran en la Casa Blanca con una agenda rigurosamente marcada: lo que no consigan sacar adelante durante sus dos primeros años de mandato es improbable que logre ser aprobado más tarde. Conocedor de esta tiránica imposición, Obama puso en marcha un ambicioso plan legislativo nada más tomar posesión de su cargo que, a diferencia de los que en su día impulsaron Jimmy Carter y Bill Clinton, ha tenido éxito. Aquí estriba la primera diferencia con anteriores elecciones: la oposición no trata sólo de capitalizar la circunstancia de un presidente impopular o un partido golpeado por la crisis económica en una campaña al uso (algo relativamente habitual), sino que está encabezando una inaudita cruzada en contra de unas leyes que ya son negro sobre blanco, y muy especialmente en contra de la reforma sanitaria. La promesa de derogar dicha reforma es el eje central de la campaña republicana, y el grito de “repeal” se ha convertido en el eslogan de los candidatos conservadores en todo el país. Los republicanos no conseguirán la mayoría de dos tercios necesaria en el Congreso para anular el seguro veto presidencial a una hipotética derogación de la ley, pero un tsunami conservador en noviembre podría ponerle las cosas muy fáciles a un eventual presidente republicano en 2012, sobre todo si logra convencer a suficientes legisladores demócratas de que el apoyo a una agenda progresista es tóxico para su supervivencia política.


Ante este panorama, los europeos podemos preguntarnos: “¿Y qué nos importa a nosotros la política doméstica estadounidense?”. La verdad es que, por desgracia, debería importarnos. No es este el lugar para entrar en arduos detalles sobre el sistema sanitario estadounidense, pero como Obama ha enfatizado en numerosas ocasiones, su reforma no responde sólo a una cuestión social, sino que es necesaria para garantizar la estabilidad fiscal del país en las próximas décadas; su efecto indirecto en el dólar y la economía internacional puede ser determinante, y no hace falta insistir en lo que esto supone sobre todo para países como España, tan necesitada de financiación exterior. Efectivamente, el voto de un granjero de Iowa el próximo 2 de noviembre puede acabar afectando a nuestra vida tanto como a la suya propia.


Pero la singularidad de estas elecciones legislativas no termina aquí. El sprint legislativo de sus primeros 24 meses de mandato evidencia que Obama era consciente desde el principio de que después de este noviembre no iba a tener en ningún caso el mismo margen de maniobra política. Valía la pena arriesgar, y la circunstancia no supone sorpresa alguna. Lo que seguramente no esperaba es que estas elecciones iban a determinar potencialmente el carácter de su oponente en 2012. La irrupción de los famosos tea partiers en las primarias republicanas no sólo ha desbancado a muchos de los candidatos preferidos por el aparato del partido, también ha eliminado o escorado a la derecha a los más templados. John McCain, antaño un republicano moderado, tuvo que pedir ayuda a Sarah Palin en las primarias de Arizona; Mitt Romney, hasta hace poco favorito para postularse de nuevo dentro de dos años, ha visto fulminadas sus posibilidades por su vinculación como antiguo gobernador de Massachussets a una reforma sanitaria local que ha servido de modelo para la del presidente. El éxito de este movimiento intolerante y descentralizado sólo encuentra precedente en el cosechado por los Know Nothings en las elecciones de 1854.


Por último, estas elecciones son también cruciales en lo que respecta a una de las prácticas más deleznables de la democracia estadounidense, tan ejemplar en otros aspectos. Cada diez años, las legislaturas estatales rediseñan los distritos electorales de acuerdo con el nuevo censo, y el partido mayoritario suele aprovecharse para dar rienda suelta a refinadas prácticas de gerrymandering que maximizan fraudulentamente sus réditos electorales. Ya en la redistribución de 1990 los republicanos consiguieron entre 25 y 30 escaños extra, sin los que seguramente Newt Gingrich no hubiera llegado a ser, cuatro años después, speaker de la Cámara de Representantes. Repitieron la experiencia en 2000. Si los republicanos consiguen el control de suficientes legislaturas estatales para volver a escorar a su favor la redistribución de 2010, el control del Congreso puede quedar en sus manos durante décadas.


Dion Baillargeon
"Instrúyanse, porque necesitaremos toda vuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos todo vuestro entusiasmo. Organí­cense, porque necesitaremos toda vuestra fuerza".

Antonio Gramsci, Fundador del Partido Comunista Italiano
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