Escribe Domènec Ruiz Devesa en El País del 3 de febrero una interesante reflexión, derivada sobre la teoría de Francis Fukuyama en 1989, acerca del fin de la historia con el derrumbamiento del comunismo y la “victoria” del capitalismo y de la democracia liberal. Tras 1989, la lucha ha ido más en el enfrentamiento del mundo occidental contra el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.
Pero, como dice, no se han cumplido las tesis de Fukuyama de resolución de las cuestiones económicas o sociales en los países desarrollados y subdesarrollados, del fin de la contradicción entre capital y trabajo. La persistencia de las crisis económicas y el fracaso del modelo neoliberal en América Latina primero, y en Europa ahora, destruyen esos planteamientos. El neoliberalismo, según Ruiz Devesa, es “una desviación temporal en esa evolución ideológica de impronta hegeliana que proponía Fukuyama, ya que pretende volver a un estado anterior de la humanidad, el del laissez-faire, donde la economía prevalece sobre la política, y donde no hay posibilidad de pacto entre el capital y el trabajo, ya que el primero debe prevalecer, sin ambages, sobre el segundo”.
Fue tanto el poder de esta idea –aunque trajera la privatización de sectores estratégicos, de los servicios públicos, mayores desigualdades, menor crecimiento económico y el final colapso financiero de estos días –que, y al utilizar a Gramsci acierta de pleno, formó la hegemonía cultural y la izquierda cayó presa de su lenguaje, su agenda, sus usos y su discurso. En esto también se puede aplicar a la teoría del marco de lenguaje de Lakoff.
Frente a ello la socialdemocracia, como idea, palabra y movimiento, recupera su fuerza. Ruiz Devesa la condensa muy bien al considerarla como la ideología que “persigue la igualdad real sobre la formal y que opera de acuerdo con el principio de la prevalencia de la política democrática sobre la economía. (…) El sistema de mercado existe (…), pero opera dentro de las reglas que fija el poder político, lo que incluye al Estado de bienestar”. Una explicación perfecta.
“El reto para la socialdemocracia, en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente, consiste en alcanzar grados de integración y cooperación política entre los países que permitan la recuperación del equilibrio entre Estado y mercado. El momento histórico es propicio”. Exacto.
No falla el planteamiento, falla la puesta en práctica. A día de hoy, el Foro Social Mundial de Belém es un excelente órgano de debate, discusión y creación de propuestas para la izquierda. Desgraciadamente, cuando el Foro termina y cada uno se va a su casa, cada izquierda sigue un planteamiento limitado a sus fronteras nacionales. La Internacional Socialista dejó de ser el órgano de coordinación de los trabajadores del mundo para ser un club de escasa relevancia de partidos, sin una directriz internacional proactiva.
La socialdemocracia se encuentra atravesada por una batalla entre dar el paso al cambio real o el mantenimiento, con las reformas mínimas y a regañadientes, de un sistema que hace aguas por todas partes. La producción baja, el consumo baja, el paro aumenta, se pasa del riesgo de inflación a deflación, las Bolsas dan un continuo vaivén semanal. Los Gobiernos luchan por mantener a flote los bancos, porque si no esto sería ya una desgracia mundial mucho peor que 1929. Los países occidentales tienen mejor capacidad de reacción ante la crisis, mantienen los subsidios de paro y la precaria paz social se mantiene. Pero, ¿por cuánto tiempo? La crisis, si sigue la lógica capitalista, terminará por pasar, y los índices de crecimiento volverán a subir. Sin embargo, ¿los países en vías de desarrollo, o los directamente infradesarrollados, aguantarán? Es por eso que a la lógica capitalista la debemos cambiar por la lógica socialista.
La lógica socialista es aquella que supera al capitalismo. El hombre no es nada sin el hombre, se forma una inevitable colectividad, una sociedad donde cada individuo siempre guarda lazos con otro, y ese con otro, y así al infinito, hasta alcanzar la totalidad de la humanidad. Por ello, se crean infinidad de sentimientos y una conciencia propia y colectiva. Nos preocupan la vida y los problemas de las personas,y la comunidad, unida, puede encarar más fuerte la solución de cualquier problema que se planteen.
Desautorizando la teoría –cualquier teoría –del fin de la historia, no se puede arrogar una sociedad, una época, un país o un bloque mundial el decreto de haber llegado al cenit de la historia, simplemente porque (a menos que mañana el Sol explote, se escapen las cabezas nucleares de Rusia o se abran los cielos para el Juicio Final) la historia del hombre no tiene fin. Se pueden elaborar débiles certezas y teorías de lo que puede suceder en el futuro próximo, pero no llegar a la conclusión que toda la carrera científica, tecnológica y social humana no puede ir a más.
Los liberales veían en el capitalismo el fin de la historia, Marx lo vio en la sociedad comunista. Simplemente observando los infinitos cambios que ha experimentado la humanidad desde que se separó del mono o de la costilla de Adán, la capacidad del ser humano es ilimitada. Hoy el único movimiento posible en la historia es la socialdemocracia y un mundo socialista. Mañana quizás sea otro.
El camino hacia la historia es el socialismo, no tanto el fin del movimiento, sino el movimiento en sí, porque el fin son utopías, frustraciones que obstaculizan el camino. El socialismo debe ser la orientación, pero sin fin definido, para construir siempre el socialismo y abrirlo a nuevos cambios y realidades, a nuevas reivindicaciones y a la democracia. Siempre debe haber transformaciones sociales, como profundización permanente para construir el socialismo, poco a poco pero sin descanso… hasta que en un futuro cercano o lejano el ser humano vaya más allá. Esto lo sostenían Eduard Bernstein y Lev Trotsky.
Es la reforma sin fin, porque el camino del ser humano no tiene fin. Hasta que, como digo, explote el Sol.
Señor Bouzas, permítame expresarle mi descontento por el título elegido para el susodicho post o artículo.
ResponderEliminarEl infraescrito.
Arnaldo Goyanes
Turururú
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