viernes, 22 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (II): Las claves electorales

En este contexto, explicado en la entrada de ayer, la hipótesis que los demócratas manejaban antes del verano para enfrentarse a esta cita con las urnas parece ahora demasiado ingenua. El precedente histórico favorito de la actual Administración es la trayectoria de Ronald Reagan: la recesión económica, el repunte del desempleo y el deterioro de la popularidad del presidente siguieron entonces un patrón casi idéntico al actual, coincidiendo el cenit del malestar ciudadano precisamente con las legislativas de 1982. La Casa Blanca parecía la pasada primavera segura de poder mantener este paralelo histórico: los republicanos de Reagan perdieron 26 miembros en la Cámara de representantes y mantuvieron el control del senado. Dentro de estos márgenes, el mazo del speaker seguiría hoy en manos de la californiana Nancy Pelosi.


Ahora, como entonces, los votantes están enfadados pero, ¿con qué están enfadados? La respuesta a esta pregunta determinará en gran medida los resultados electorales el próximo noviembre. Hace un año, las luces rojas se encendieron para los demócratas, cuando Martha Coackley perdió el escaño de Ted Kennedy a manos de un republicano desconocido llamado Scott Brown. A esta derrota en Massachussets se sumaron las victorias republicanas en las elecciones a gobernador de New Jersey y Virginia. Todos estos estados habían votado decididamente por Obama sólo unos pocos meses antes, y el presidente (aún popular entonces) se había involucrado activamente en las campañas electorales. ¿Qué estaba ocurriendo?


La respuesta con la que los aturdidos demócratas trataron de tranquilizarse fue que la ciudadanía estaba enfadada con los cargos electos. Se trataba de golpear al status quo, al partido en el poder. Dos ciclos electorales exitosos habían puesto en sus manos casi todos los distritos electoralmente competitivos, así como la gobernación y la mayor parte de las legislaturas estatales; tras la reciente debacle republicana, les tocaba retroceder simplemente por ser quienes más tenían que perder. No obstante, las encuestas han ido dibujando una realidad mucho menos amable para el partido que actualmente controla todos los mármoles en Washington. Si de verdad se tratara de una simple bofetada al stablishment, esta debería haber afectado también a algunas poltronas republicanas, y los demócratas podrían al menos limitar su retroceso con un puñado de victorias.


No parece el caso. En Texas, el republicano Rick Perry (el gobernador que más tiempo ha detentado el cargo en la historia del estado y quintaesencia del insider político) tiene una ventaja clara sobre su rival demócrata Bill White; mientras, al demócrata californiano Jerry Brown le cuesta consolidar su posición en las encuestas a pesar de los desastrosos ocho años del governator Schwarzenegger, y lo mismo pasa con la candidata Alex Sink en Florida, aunque los republicanos llevan ya doce años consecutivos ocupando el sillón del gobernador. Estas son las magras esperanzas de consuelo para un partido demócrata que se prepara para perder gobernadores en Pennsylvania, Wisconsin, Nuevo México, Michigan, Iowa y Maine. Oregón, Minessota, Ohio e Illinois también están en peligro; y todos estos Estados le dieron la victoria a Obama hace sólo dos años, la mayoría por amplio margen.


La síntesis de la situación de las elecciones al Congreso es aún más elocuente: ningún senador conservador está en peligro este año, y sólo 2 de los 178 escaños republicanos de la Cámara de Representantes (uno por Delaware y otro por Louisiana) parecen susceptibles de cambiar de manos. Es obvio que el enfado de los votantes con los actuales cargos electos no se reparte proporcionalmente por todo el espectro ideológico.


Esto nos lleva a la segunda hipótesis: esta angustia no salpica por igual a todos, se centra en las cabezas visibles de un stablishment que no ha sabido tomar las medidas necesarias para atajar la crisis y ha impulsado leyes impopulares: Obama, Nancy Pelosi y Harry Reid, el líder de la mayoría demócrata en el Senado (cuya lucha por la supervivencia en Nevada contra la radical tea partier Sharron Angle es, por cierto, uno de los capítulos con más morbo político de estas elecciones). Los candidatos demócratas que ponen sus esperanzas de reelección en esta suposición no sólo han evitado las fotografías con sus propios jefes de filas, sino que airean spots publicitarios donde les critican abiertamente.


Si esta fuera la estrategia correcta, los blue dogs (demócratas conservadores que tratan de sobrevivir en distritos republicanos, en los que vencieron impulsados por la ola anti-Bush de los últimos años) que se opusieron desde el principio al mainstream de su partido votando en contra de los proyectos del presidente, deberían tener unas perspectivas mucho más halagüeñas. Tampoco parece el caso. Es más, el congresista Tom Perriello se ha convertido en la curiosa excepción. Demócrata elegido en 2008 por un distrito rural conservador de Virginia, no sólo ha apoyado la agenda legislativa de Obama, sino que ha decidido defenderla orgullosamente en campaña. El resultado: a pesar de tener pocas posibilidades de ser reelegido (las últimas encuestas le otorgan un 44% de intención de voto, un punto por detrás de su rival), es el mejor posicionado de entre todos los candidatos en una situación similar a la suya.


¿Qué demonios está ocurriendo entonces? Cada vez parece más probable una temible tercera opción, de la que la Casa Blanca no quiere ni oír hablar. Lo que se está gestando no sería una reacción en contra del status quo, ni una bofetada a quienes han promovido unas reformas impopulares; sería una reacción conservadora y antiprogresista generalizada. Todo lo anterior: la crisis económica, el enfado con los cargos electos o la impopularidad de las reformas, no serían más que los ingredientes de una tormenta política perfecta alentada y dirigida desde los medios conservadores (el locutor Rush Limbaugh, Glenn Beck, Fox News) contra todo lo que huela a demócrata.


En este contexto da igual cualquier estrategia de campaña o el sentido de los votos emitidos por los congresistas: una estampida de votantes conservadores electrizados, convertidos en una bestia ciega, no van a hacer distingos y tratarán de tumbar cualquier cosa con una mínima relación con la actual Administración. La apatía del electorado progresista, que no entiende que las reformas son una apuesta a largo plazo, puede hacer el resto.


Aunque ninguno de estos escenarios es excluyente, es probable que el número de bajas demócratas dependa en gran medida de la forma en la que estos factores se combinen a la hora de llevar a los electores a las urnas. En el caso de que la última hipótesis sea la más determinante, no podemos descartar que se cumplan los pronósticos de algunos analistas como Michael Barone o el controvertido Dick Morris, que están hablando de hasta un centenar de congresistas demócratas que podrían ser derrotados en noviembre. En un artículo del pasado 27 de septiembre, Morris señalaba que más de 70 congresistas demócratas están ahora mismo por detrás de sus contrincantes en las encuestas, y que 19 más se encuentran por debajo del listón del 50% de intención de voto. Se considera que un congresista, aunque en principio supere ampliamente a su rival, tiene problemas para optar a la reelección cuando está por debajo del 50%, ya que la mayoría de indecisos suelen decantarse masivamente por el challenger el día de las elecciones. Otros señalan que la distancia se reducirá a medida que los votantes demócratas se decidan a depositar su papeleta. La gran volatilidad de las encuestas aún deja margen para la esperanza a los demócratas, pero si las cosas no mejoran podemos estar ante la reedición de los grandes tsunamis de 1938 o 1894; ambos motivados por fuertes recesiones económicas, por cierto.


Cabe insistir en que, más que la pérdida de capacidad de actuación legislativa del presidente (algo que se deba por descontado, incluso conservando ambas cámaras), lo preocupante de estas elecciones es la influencia que pueden tener en la orientación ideológica del partido republicano en el futuro. Pero ese es un tema que merece un análisis más profundo.


Dion Baillargeon

jueves, 21 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (I): Lo que está en juego

Durante los próximos tres días, en este blog se irán publicando una serie de artículos sobre las próximas elecciones legislativas estadounidenses. No soy un entendido en la materia, pero estas legislativas están cobrando mucha importancia tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. El fenómeno del Tea Party, la reacción al programa reformista de Barack Obama y la persistencia de la crisis económica marcan estas elecciones.

Por todo ello, dejo que Dion Baillargeon, compañero y estudiante de Historia, mucho más conocedor de la materia, nos acerque a comprender un poco más que está en juego en estas elecciones y cuáles son sus claves que pueden determinar el resultado final y sus consecuencias en la política estadounidense.

Javier Bouzas


En Estados Unidos, un tercio del Senado y la totalidad de los 435 miembros de la Cámara de Representantes son renovados cada dos años. Por lo tanto, aún fresca en la memoria la vorágine política que le llevó a la Casa Blanca, Barack Obama está a punto de enfrentarse a sus primeras elecciones legislativas. A la vista de la escasa información que puede encontrarse en los medios españoles, le ofrecí mi colaboración a nuestro anfitrión, Javier Bouzas, para publicar en su blog una pequeña serie de entradas sobre este proceso electoral. Con su permiso, trataré de sintetizar lo mejor posible mi perspectiva sobre el particular.


Para empezar, la monótona regularidad con la que el estricto calendario político marca los tiempos de las sucesivas presidencias, determina una serie de rasgos de la democracia estadounidense que es bueno tener en cuenta: primero, la famosa propensión a la atonía del electorado; en segundo lugar, la no tan conocida obsesión de los comentaristas políticos por rebuscar en recónditos paralelos históricos el fundamento de sus predicciones; y por último, la obligada anticipación con la que los mandatarios planean su estrategia de gobierno. En este particular marasmo democrático, nos puede pillar fácilmente desprevenidos la crucial importancia de alguno de los ciclos electorales bianuales que apretadamente jalonan la vida pública del país norteamericano.


No obstante, me atrevo a decir que estas son las elecciones legislativas más cruciales en décadas, y sus repercusiones pueden ir más lejos aún que las de 1994, cuando los demócratas perdieron el control del Congreso por primera vez en cuarenta años. Todos sabemos que Obama va a sufrir un severo revés en las urnas, y los más informados pueden decir que es normal, que el partido del presidente casi siempre pierde escaños en las legislativas de un primer mandato (una de las escasas excepciones es precisamente George W. Bush, que reforzó su mayoría en las cámaras en las elecciones de 2002, aún marcadas por el shock del 11-S). Pero esta vez es diferente.


Como ya he apuntado, los presidentes norteamericanos entran en la Casa Blanca con una agenda rigurosamente marcada: lo que no consigan sacar adelante durante sus dos primeros años de mandato es improbable que logre ser aprobado más tarde. Conocedor de esta tiránica imposición, Obama puso en marcha un ambicioso plan legislativo nada más tomar posesión de su cargo que, a diferencia de los que en su día impulsaron Jimmy Carter y Bill Clinton, ha tenido éxito. Aquí estriba la primera diferencia con anteriores elecciones: la oposición no trata sólo de capitalizar la circunstancia de un presidente impopular o un partido golpeado por la crisis económica en una campaña al uso (algo relativamente habitual), sino que está encabezando una inaudita cruzada en contra de unas leyes que ya son negro sobre blanco, y muy especialmente en contra de la reforma sanitaria. La promesa de derogar dicha reforma es el eje central de la campaña republicana, y el grito de “repeal” se ha convertido en el eslogan de los candidatos conservadores en todo el país. Los republicanos no conseguirán la mayoría de dos tercios necesaria en el Congreso para anular el seguro veto presidencial a una hipotética derogación de la ley, pero un tsunami conservador en noviembre podría ponerle las cosas muy fáciles a un eventual presidente republicano en 2012, sobre todo si logra convencer a suficientes legisladores demócratas de que el apoyo a una agenda progresista es tóxico para su supervivencia política.


Ante este panorama, los europeos podemos preguntarnos: “¿Y qué nos importa a nosotros la política doméstica estadounidense?”. La verdad es que, por desgracia, debería importarnos. No es este el lugar para entrar en arduos detalles sobre el sistema sanitario estadounidense, pero como Obama ha enfatizado en numerosas ocasiones, su reforma no responde sólo a una cuestión social, sino que es necesaria para garantizar la estabilidad fiscal del país en las próximas décadas; su efecto indirecto en el dólar y la economía internacional puede ser determinante, y no hace falta insistir en lo que esto supone sobre todo para países como España, tan necesitada de financiación exterior. Efectivamente, el voto de un granjero de Iowa el próximo 2 de noviembre puede acabar afectando a nuestra vida tanto como a la suya propia.


Pero la singularidad de estas elecciones legislativas no termina aquí. El sprint legislativo de sus primeros 24 meses de mandato evidencia que Obama era consciente desde el principio de que después de este noviembre no iba a tener en ningún caso el mismo margen de maniobra política. Valía la pena arriesgar, y la circunstancia no supone sorpresa alguna. Lo que seguramente no esperaba es que estas elecciones iban a determinar potencialmente el carácter de su oponente en 2012. La irrupción de los famosos tea partiers en las primarias republicanas no sólo ha desbancado a muchos de los candidatos preferidos por el aparato del partido, también ha eliminado o escorado a la derecha a los más templados. John McCain, antaño un republicano moderado, tuvo que pedir ayuda a Sarah Palin en las primarias de Arizona; Mitt Romney, hasta hace poco favorito para postularse de nuevo dentro de dos años, ha visto fulminadas sus posibilidades por su vinculación como antiguo gobernador de Massachussets a una reforma sanitaria local que ha servido de modelo para la del presidente. El éxito de este movimiento intolerante y descentralizado sólo encuentra precedente en el cosechado por los Know Nothings en las elecciones de 1854.


Por último, estas elecciones son también cruciales en lo que respecta a una de las prácticas más deleznables de la democracia estadounidense, tan ejemplar en otros aspectos. Cada diez años, las legislaturas estatales rediseñan los distritos electorales de acuerdo con el nuevo censo, y el partido mayoritario suele aprovecharse para dar rienda suelta a refinadas prácticas de gerrymandering que maximizan fraudulentamente sus réditos electorales. Ya en la redistribución de 1990 los republicanos consiguieron entre 25 y 30 escaños extra, sin los que seguramente Newt Gingrich no hubiera llegado a ser, cuatro años después, speaker de la Cámara de Representantes. Repitieron la experiencia en 2000. Si los republicanos consiguen el control de suficientes legislaturas estatales para volver a escorar a su favor la redistribución de 2010, el control del Congreso puede quedar en sus manos durante décadas.


Dion Baillargeon

miércoles, 20 de octubre de 2010

Un profundo cambio en el gobierno


El presidente Zapatero sigue siendo un maestro en el arte de la política. Los últimos días iban corriendo rumores de los posibles cambios, algunos se han demostrado ciertos, otros- de momento- no. Justificándose en tener ya garantizados los apoyos a los Presupuestos del Estado, Zapatero considera que se abre una nueva etapa en la actual legislatura. El cambio ha sido de envergadura, reduciendo de 17 a 15 los ministerios, con la mirada puesta en superar la crisis económica, desarrollar la reforma laboral y volver al diálogo social. Pasaré a hacer una valoración de los grandes cambios del ejecutivo.

Alfredo Pérez Rubalcaba. Se convierte en el "superministro" del nuevo gobierno, sumando Interior el cargo de Vicepresidente primero y portavoz del Gobierno. La apuesta de Zapatero por él es clara, es acertada y con miras al futuro. No sólo mantiene un cargo fundamental para la resolución del terrorismo de ETA, sino que se convierte en la cara del Gobierno frente a la prensa, de la misma forma que María Teresa Fernández de la Vega lo fue estos seis años. Su protagonismo en este cambio de ejecutivo es de tal envergadura que El País, en un análisis de José Manuel Romero, bautiza al nuevo Gobierno como "Gabinete Rubalcaba".

Rosa Aguilar. La histórica ex dirigente de Izquierda Unida, alejada de la coalición de izquierda por sus discrepancias, ve colmadas seguramente sus aspiraciones llegando al Gobierno con Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, en sustitución de Elena Espinosa. Con ella desembarca su popularidad, su imagen de política de izquierda, alejada del radicalismo de la actual IU y sobre todo de su federación andaluza, además de una sólida experiencia de gobierno como alcaldesa de Córdoba y como consejera de Obras Públicas en Andalucía. Con ella, como con el refuerzo de Rubalcaba y la entrada en Trabajo de un ugetista, Valeriano Gómez, el Gobierno mantiene su amplio espectro ideológico desde el centro izquierda y el refuerzo de la izquierda.

Valeriano Gómez. Con un apellido de moda en estos días en el socialismo español, Gómez sustituye a Celestino Corbacho como ministro de Trabajo. El nuevo ministro no es un desconocido en el Gobierno, ya fue secretario general de Empleo cuando Jesús Caldera ocupaba el ministerio. La situación ahora es distinta, con el alto paro y el diálogo con los sindicatos en su peor momento. Paradógicamente, el nuevo ministro se manifestó en contra de una reforma laboral que ahora debe desarrollar, siendo la "materia gris", en palabras de Zapatero, que estaba detrás de la elaboración de dicha reforma. Incoherencia o no, es muestra del problema actual de la izquierda española, sensible a los problemas de los trabajadores, con la responsabilidad de resolver la crisis y con la oposición de los empresarios a cualquier reforma que no se traduzca en más beneficios económicos para la patronal.

Ramón Jáuregui. Entra por fin en el Gobierno, como ministro de la Presidencia. Estos seis años han sido de larga espera, como número dos del grupo parlamentario socialista y como dirigente de los eurodiputados socialistas españoles. Gran conocedor de todas las administraciones del Estado, le hubiera venido más bien el ministerio de Política Territorial, antes de Administraciones Públicas. No hay que olvidar el guiño que supone al socialismo vasco, receloso de los pactos de Zapatero con el PNV por los Presupuestos. Junto con Rubalcaba, supone una apuesta seria del Gobierno por acabar con el problema que plantea ETA, del modo que sea. María Teresa Fernández de la Vega, por su parte, pasará a formar parte del Consejo de Estado, un "premio" a su labor en el Gobierno.

Trinidad Jiménez. Cambia de ministerio, de Sanidad a Exteriores. Es una lástima la marcha de Moratinos, un gran experto en las relaciones internacionales, sobre todo con Oriente Próximo. Posiblemente sea el futuro candidato para la alcaldía de Córdoba. Jiménez tiene también experiencia en temas internacionales, pero el nuevo ministerio puede ser, o ser visto, más como un premio de consolación por las primarias madrileñas que algo merecido por su experiencia. Su paso por el ministerio de Sanidad ha sido loable, con leyes como la reforma del aborto, la ley del tabaco o su gestión de la gripe A.

Leire Pajín... esta es la decisión que menos comparto. Era demasiado bueno sólo la marcha de Bibiana Aído y la integración de Igualdad en un ministerio más acorde como Política Social y Sanidad. Leire Pajín como portavoz del PSOE y secretaria de Organización ha tenido muchas frases desafortunadas, una imagen muy mala, añadida además al caso de tránsfugas de Benidorm, entre los que se encuentra su madre. El año pasado en un curso de la Escuela de Verano Jaime Vera me dio una impresión muy distinta a la que practica ante los medios de comunicación. Sería deseable que demostrata tener un mejor perfil que el que ha desarrollado estos años. Por otro lado, la organización del PSOE queda en manos de Marcelino Iglesias, que no volverá a presentarse a las elecciones aragonesas.

En el resto de ministerios, no ha habido grandes cambios. Carme Chacón no ha ocupado una vicepresidencia, como parecía que podía ocurrir, y así sonar como uno de los activos del partido para el futuro, ya sea Cataluña o la política nacional. Mantiene una buena valoración y un buen perfil como ministra de Defensa. No olvidemos un posible paralelismo con Michelle Bachelet, que fue ministra de Defensa en Chile con Ricardo Lagos. Cristina Garmendia sonaba también para dejar el Gobierno, pero se mantiene. Vivienda pasa a Fomento, en manos de José Blanco, provocando también la marcha de su titular, Beatriz Corredor, del equipo de Miguel Sebastián.

¿Este el Gobierno para lo que queda de legislatura? ¿Entre estos ministros está el "presidenciable", si Zapatero opta por no volver a presentarse? La labor del nuevo Gobierno es salir cuanto antes de la crisis económica y de atajar el alza del paro. Sigue sin tratarse el problema del paro estructural, que ningún gobierno español, socialista o conservador, ha conseguido resolver. Sólo esta cuestión puede justificar una nueva oportunidad al partido en el poder. Otros, sabemos que nunca lo harán, o de una forma que no podrá contentar a los trabajadores.

martes, 19 de octubre de 2010

Viviane Reding claudica


En un momento en que Sarkozy se enfrenta a las huelgas más duras de su presidencia, tiene una pequeña victoria. Una victoria que no es sino una derrota de los ideales que deben regir la Unión Europea. Una vez más, los países grandes de la Unión mantienen su impunidad. No tienen miedo a recomendaciones, a amenazas, a sanciones.

La comisaria europea de Justicia, Viviane Reding, se significó el mes pasado por su oposición a las expulsiones de gitanos decretadas por el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Ahora, las amenazas de sanciones contra Francia quedarán en nada, al tener "suficientes garantías" de que las normativas francesas se adaptarán a la legislación comunitaria. Con esta claudicación, la comisaria Reding se come todo lo dicho anteriormente ("Estoy personalmente convencida de que la Comisión no tendrá otra salida que abrir procedimientos de infracción contra Francia"). Se encontró sola en la Comisión Europea hace un mes y se encontró sola frente a la claudicación de los líderes de los países comunitarios ante Francia.

Es una derrota porque la Unión vuelve a manifestar que en su seno no hay reglas iguales para todos. Algunos países, como Francia o Alemania en su momento, pueden no tener sanciones por sus déficits. Grecia no, que pudo haber sido expulsada por la situación económica creada por su anterior gobierno conservador. Portugal es sometida a duros recortes para paliar su déficit y a España se la riñe por sus cuentas públicas, agravadas por la deuda de las autonomías y municipios. Polonia y Reino Unido no tienen por qué cumplir con la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Pero Serbia pierde puntos para entrar en la Unión por las manifestaciones homófobas de hace pocos días. Polonia y Lituania, mientras, mantienen o desarrollan legislaciones claramente homófobas. Berlusconi convierte a Italia en una república bananera y los líderes europeos le ríen las gracias al ducetto.

Quienes vuelven a perder son, obviamente, los ciudadanos. No los gobiernos, no las mercancías ni los flujos monetarios, que tienen todas las ventajas para hacer y deshacer, pedir o intentar llevar a cabo reformas laborales y económicas lesivas para los de siempre. Sigue habiendo chivos expiatorios: gitanos en Francia, musulmanes (y entre ellos meten a los turcos) en Alemania. En otras palabras, el diferente. Hace un siglo eran los judíos, los parias de entonces.

No aprendemos. Nos engañan, nos manipulan y nos hacen cada vez más difícil nuestras vidas para que ellos puedan tener más fáciles las suyas. Dejemos de mirar culpables donde no los hay. Levantemos la vista.

jueves, 7 de octubre de 2010

La astucia política de Geert Wilders


Cuatro meses después de las elecciones ya se sabe qué partidos integrarán el nuevo gobierno neerlandés. Tras arduas negociaciones, que abarcaban desde el centro izquierda hasta la extrema derecha, Mark Rutte, líder de los liberales de derecha VVD, formará gobierno con los democristianos de la CDA, ahora cuarta fuerza política de los Países Bajos. Ambos partidos suman 52 escaños de 150. Para conseguir la mayoría parlamentaria, 76 escaños, deberán apoyarse en la extrema derecha del PVV, el Partido por la Libertad de Geert Wilders, que sólo proporcionará apoyo parlamentario.

Es, sin duda, el resultado que más se acercaba a los deseos de Rutte. En junio, comentando los resultados de las elecciones neerlandesas,
aposté por la formación de un gabinete de centro-derecha con el PVV. Argumentaba que era la coalición de gobierno que haría posible un mayor desmantelamiento del Estado del bienestar neerlandés, endurecería la inmigración y sería más beligerante respecto al Islam. La participación de la extrema derecha en el gobierno revelaría "a la opinión pública la esterilidad del odio como programa político" y podría correr la misma suerte que su antecesor ideológico, la Lista Pim Fortuyn, que desapareció como opción política.

Lamento haber estado tan equivocado
, ya que acerté en parte y no en lo importante. Subestimé la inteligencia de Wilders. Evitando el ejemplo de la Lista Pim Fortuyn, consigue eludir la responsabilidad del gobierno pero haciendo que el futuro gabinete de liberales y democristianos aplique sus exigencias. En el acuerdo firmado con ellos, se prevé una reducción de parlamentarios y funcionarios, el ahorro de 18.000 millones de euros, recorte de la ayuda al desarrollo y de la cuota a la Unión Europea. A pesar del recorte social que se prevé, Wilders intenta presentar a su partido como defensor de los jubilados y trabajadores con medidas como mayores ayudas a ancianos y la subida de la edad de jubilación de 65 a 66 años, por debajo de lo que planteaban los liberales.


En las medidas que más interesan a Wilders, la inmigración y el Islam, el nuevo gobierno prohibirá el burka en todo el país, restringirá los fondos públicos a las escuelas musulmanas, las condiciones para la reunificación familiar serán más estrictas, los inmigrantes que no superen los exámenes de civismo serán expulsados y los escolares inmigrantes deberán ir a centros especiales para aprender el neerlandés y alcanzar el nivel de aprendizaje de sus compañeros. Se vigilará la concesión de asilos político de "países peligrosos". Además, se aumentará el número de policías. Y sobre los "coffeeshops" donde se consume legalmente marihuana, deberán convertirse en clubes de socios. A fastidiarse el "turismo de maría".


Así pues, la sombra de Geert Wilders sobre el nuevo ejecutivo será alargada, con la circunstancia de que él se lava las manos de las decisiones impopulares que deberán tomar, pero apropiándose de las populares. Con ello, quiere consolidar el crecimiento de su partido y obtener buenos réditos electorales para próximas elecciones. Para ello, no dudará en mantener el discurso del odio al Islam y la visión de dos civilizaciones enfrentadas: Occidente contra el Islam y su invasión, la inmigración, Occidente como sociedad democrática amenazada por un Islam tiránico e invasor.


Hay dos métodos de controlar a la gente
: asustándola y desmoralizándola. Ya han conseguido desmoralizar a las clases medias y bajas para alejarlas de la socialdemocracia. Ahora las asustan para que no puedan prescindir de la extrema derecha. Wilders quiere ser un líder mesiánico, carismático y providencial para los Países Bajos. En ello, habrá "salvado" a la sociedad neerlandesa: habrá mantenido el orden y los valores tradicionales, una sociedad homogénea y temerosa del poder. Lo conseguirá, claro está, a costa de destruir los mismos valores de democracia y libertad que dice defender.


Actualmente, Geert Wilders está siendo juzgado por los tribunales neerlandeses por incitación al odio, discriminación e insultos a los musulmanes. Amparándose en un supuesto partidismo de los jueces, Wilders se niega a contestar sus preguntas. ¿Cómo lo verán sus conciudadanos? Wilders intenta explotar el juicio como un proceso político y una restricción a su libertad de expresión, que considera que no debe tener restricciones. "
Es usted muy bueno haciendo planteamientos que luego no quiere discutir", dijo Jan Moors, juez presidente del caso.

El juicio
sentará un precedente sobre los límites de la libertad de expresión. La principal preocupación es que este proceso sea visto como una "rendición" al Islam, como quieren venderlo la extrema derecha, recordando la reacción de los islamistas ante las caricaturas de Mahoma en la prensa danesa. Así, para ellos Islam es islamismo radical, es violencia, es tiranía y sus brazos son el terrorismo y la invasión a través de la inmigración. No hay lugar a distinciones, todos los musulmanes son iguales para ellos. Por extensión, nosotros, los europeos, los demócratas, los defensores de la libertad, sólo podemos combatirlo. Tener otra mentalidad implica habernos "rendido".

Ésa es la verdadera visión totalitaria, la única peligrosa para la libertad. Tenemos que combatir a los intolerantes.

(Traducción aproximada) "Extremista. Te perjudica a tí y a la sociedad"
"Instrúyanse, porque necesitaremos toda vuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos todo vuestro entusiasmo. Organí­cense, porque necesitaremos toda vuestra fuerza".

Antonio Gramsci, Fundador del Partido Comunista Italiano

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En nuestros conflictos políticos, la República tiene que ser una solución de término medio, transaccional y la válvula de seguridad contra sus desaciertos es el sufragio universal. Lo que se pierde en unas elecciones, puede recuperarse en otras. Nada duradero se funda sobre la desesperación y la violencia. La República no puede fundarse sobre ningún extremismo. Por el solo hecho de ser extremismo, tendría en contra a las cuatro quintas partes del país.

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