Los sondeos, la opinión pública, la crisis económica, el desgaste del Gobierno Brown… todo parece indicar la vuelta del Partido Conservador británico al poder, tras el récord de 12 años ininterrumpidos del Partido Laborista en Downing Street.
El Partido Conservador ha tomado con fuerza la iniciativa política. Los sondeos del 20-23 de noviembre marcan un apoyo del 39% a los tories, un 22% al Labour y un 21% a los liberal-demócratas. Hace un año, las encuestas eran de un 40%, 36% y 14%, respectivamente. En las elecciones de 2005, los laboristas ganaron por un margen de 3 puntos sobre los conservadores, con el 36%. Es decir, el nuevo conservadurismo de David Cameron no es el determinante para ganar las elecciones. Lo determinante es la caída de la confianza en el laborismo a beneficio de los lib-dem.
David Cameron parece ser el Tony Blair del conservadurismo británico. Un Blair más gris. Su particular tercera vía conservadora ha tenido como resultado desplazar, o quizás ocultar, el thatcherismo neoliberal dominante en el partido tory. La imagen del partido se ha renovado para dejar de ser el partido desagradable, se han incluido propuestas ecológicas muy avanzadas y prometen mantener los nuevos tipos impositivos a los ingresos más altos (del 50%, para que se vaya tomando nota en el Mediterráneo).
Se ha achacado a la Tercera Vía teorizada por Giddens y practicada por Blair de ocultar el neoliberalismo thatcheriano bajo mensajes débilmente progresistas. En realidad, esta vía contiene aspiraciones morales y propuestas prácticas, alejadas del dogmatismo de los extremos. Los problemas tienen soluciones específicas en situaciones específicas. Blair hablaba de valores, esfuerzo, comunitarismo… Cameron ha adoptado todo ese discurso. La Tercera Vía sobrepasa sus fronteras y adquiere la conquista de la hegemonía, siendo cada vez más difícil ir atrás en la Historia y volver a los momentos neoliberales de Thatcher.
En Reino Unido la política busca la eficacia y el desarrollo de las oportunidades de los individuos de toda la sociedad para enriquecer el conjunto de la misma. En el continente las terceras vías y mensajes thatcherianos buscan ocultar su ineficacia y el desarrollo del oportunismo partitocrático para enriquecerse a costa de la sociedad.
A los anglosajones les preocupa la corrupción de la democracia, pero no temen el despotismo que supone por una diferencia que les separa más aún del continente: el distrito uninominal. Aun sabiendo la desproporcionalidad, su virtud que el pueblo no tema a los gobernantes, sino que sea al revés, porque el escaño y la influencia que supone depende del voto popular y no de la posición en una lista cerrada de partido. Cuando el continente pide que el Reino Unido se acerque más a la Unión Europea, ¿no debería el continente acercarse más al Reino Unido?
No hay que minusvalorar los problemas de Gran Bretaña. La participación electoral está bajo mínimos y ni siquiera la opinión pública cree sinceramente que los tories vayan a resolver todos los problemas del país. También está el problema territorial: los conservadores no tienen ni un diputado por Escocia, en Gales obtienen muy pocos y su única fuerza reside en Inglaterra. Si ganan, pueden no tener mayoría absoluta.
