viernes, 19 de agosto de 2011

El origen histórico del papado


No escapa a la atención de nadie la visita de Joseph Ratzinger, papa Benedicto XVI, a Madrid con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud católica. Más allá de iniciar un debate teológico, una crítica al servilismo de la administración para facilitar un evento -que tiene todo el derecho de celebrarse- mientras obstaculizó otro hace apenas pocos meses, lo que pretendo es reflexionar acerca de los orígenes históricos del papado. Sumerjámonos en la historia, "sin ánimo de ser exhaustivos", como diría cierto locutor de radio.

Antes de la aceptación del culto cristiano en el Edicto de Milán de 313, en el Imperio romano las comunidades cristianas se encontraban relativamente aisladas unas de otras, a excepción de irregulares concilios entre los obispos, cabezas de las comunidades más importantes. Por ello, no eran infrecuentes las "herejías", que eran básicamente las interpretaciones que hacía cada obispo de las escrituras. Al pasar el cristianismo de religión perseguida a tolerada e incluso la más importante del Imperio -que no la única, aún-, se convirtió en un instrumento de la élite dirigente romana: una reformulación del sistema del "dominado" implantado por Diocleciano. El emperador, hasta Graciano (367-383), siguió manteniendo el título tradicional de "Pontifex Maximus", que no fue usado por ningún obispo -aunque los obispos eran mencionados como "pontífices" en los textos de la época- en el tiempo inmediatamente posterior. Las fuentes contienen diversas variantes: para la Enciclopædia Británica señala que el título fue recogido por el papa León I (440-461); el Diccionario Oxford de la Iglesia Cristiana, por el contrario, indica que el término se incluyó al resto de títulos papales en el siglo XV en el Renacimiento.

Pero, ¡ya he dicho que León I era papa! ¿Quién fue el primer papa? ¿Es el obispo de Roma el único papa? La tradición católica señala a Pedro, discípulo de Jesús, como primer papa, al ser declarar este "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra será también desatado en los cielos" (Mateo 16, 18-20). Obviamente, en su tiempo Pedro nunca fue llamado papa. "Papa" ("tutor", "padre") era el término usado para referirse, en los tiempos primitivos del cristianismo, a los obispos de las diócesis más importantes y en Asia Menor a todos los obispos. Recordemos que, en la Iglesia Ortodoxa, los obispos siguen denominándose "popes" y a los curas y obispos cristianos sus fieles siguen refiriéndose a ellos como "padres". Así pues, no hubo un primer papa, sino que existieron varios, al mismo tiempo, y el obispo de Roma era uno de ellos. Según el Online Etymology Dictionary, el término fue exclusivo para el obispo de Roma en 1073.

La Iglesia sólo pudo fortalecerse a raíz de la paulatina decadencia del poder del emperador romano. El cambio, como la misma caída de la pars occidentalis del Imperio, fue imperceptible para sus contemporáneos. Una de las primeras manifestaciones del aumento del poder de la Iglesia fue, no lo olvidemos, la penitencia impuesta por Ambrosio, obispo de Milán, al emperador Teodosio I por la matanza de Tesalónica. El emperador fue excomulgado temporalmente hasta que hiciera penitencia pública y arrepentimiento. Fue bajo Teodosio cuando el cristianismo fue elevado a la categoría de religión oficial del Imperio y todos los demás cultos prohibidos. Sus sucesores, sin apenas poder real, perdieron influencia en beneficio de los líderes de la Iglesia. Merece la pena recordar la leyenda del papel jugado por León I para convencer a Atila de no invadir Roma en el año 452; verdad o no, señalaba que eran los obispos y no los emperadores occidentales los hombres fuertes del mundo romano-cristiano.

No olvidemos a la Iglesia en la pars orientalis del Imperio. Junto con el obispo de Roma, los obispos de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén eran considerados los cinco patriarcas de la Iglesia. Es decir, se reconocían cinco grandes sedes de la cristiandad, en igualdad de condiciones y cada uno con su propia jurisdicción. Obviar a la Iglesia oriental y a sus patriarcas tiene mucho que ver con las intenciones de los nuevos poderes occidentales (el obispado de Roma y los nuevos reinos germanos) para legitimar la situación de cada uno y distanciarse del emperador oriental, que mantenía la legitimidad histórica del Imperio Romano. Aunque repito, el cambio fue imperceptible y durante la tardoantigüedad los reinos germanos siguieron reconociendo al emperador de Constantinopla como el único soberano de la cristiandad, una cuestión más simbólica que real.

Los momentos más simbólicos de esta ruptura entre Occidente y Oriente fueron la época de Carlomagno y el Cisma de Oriente y Occidente de 1054. En la navidad del año 800 el rey de los francos, Carlos I, llamado Carlomagno, fue proclamado emperador por el papa de Roma, León III. ¿Por qué? ¿Qué justificación tenía el obispo de Roma para coronar a Carlomagno emperador? ¿Qué justificación tenía Carlomagno para aceptar el título imperial? ¿No seguía existiendo acaso un emperador en oriente?

La historia es muy interesante. Para los expertos, las relaciones entre el Imperio Romano oriental (llamado con mucha intencionalidad "bizantino") y el obispo de Roma, patriarca de la iglesia occidental, se deterioraron con el acceso al poder de la facción iconoclasta y la destrucción de las imágenes de culto. Además, el poder imperial estaba de nuevo en retroceso: tras la recuperación de territorios bajo el control directo del emperador en la época de Justiniano el acoso de los lombardos, persas, búlgaros, eslavos y árabes hizo que el imperio viera reducido su territorio a Grecia, los Balcanes y Asia Menor. Por si esto no fuera poco, tanto Carlomagno como León III poseían otro argumento: el Imperio oriental no tenía ningún emperador. Y esto era cierto, porque... gobernaba una emperatriz, Irene (797-802). En la mentalidad de la Europa de aquellos tiempos, el gobierno de una mujer era visto como nefasto.

Más allá de los argumentos teóricos, el papa era práctico: necesitaba a Carlomagno para proteger los territorios de Italia central tanto de los lombardos como del Imperio oriental, territorio que había sido concedido por el padre de Carlomagno, Pipino el Breve, y que la Iglesia posteriormente legitimó con la fraudulenta "donación de Constantino". Además, coronarle emperador hacía que el obispo de Roma se arrogase el derecho de dar el título imperial como una concesión de la Iglesia, con el evidente influjo que tendrían así desde entonces todos los papas sobre los emperadores, situándose por encima de ellos en la dirección del mundo cristiano. Para Carlomagno, el título imperial significaba la legitimidad de sus conquistas por Europa occidental sobre el resto de pueblos germanos y romanos. Sin embargo, parece que Carlomagno no estaba del todo de acuerdo con las maquinaciones de León III y que ese título imperial no tenía la suficiente legitimidad. Eso parece demostrarlo el envío de embajadas a la emperatriz Irene proponiéndola matrimonio, como único modo de legitimarse como emperador romano. Irene, por su parte, aceptó la propuesta, puesto que si bien era la gobernante efectiva del imperio -cegando a su propio hijo para serlo- el reino franco podría aportar el poder militar que ella no tenía. Sin embargo, la oposición interna y los complots para derrocarla impidieron esta salida "pactada". Irene perdió su trono en el año 802 y Carlomagno fue emperador y rey de los francos hasta su muerte en 814.

Como vemos, el papa de Roma era en la tardoantigüedad y en la Alta Edad Media un personaje de mucha influencia y poder. Tenía poder para nombrar obispos -aunque en muchas ocasiones eran los poderes locales quienes nombraban obispos y el papa lo ratificaba- y tenía como ámbito de actuación la antigua parte occidental del Imperio y los nuevos territorios que se iban cristianizando. No lo tenía, como recordamos, sobre la Iglesia oriental, con sus propios patriarcas. Visto desde una perspectiva más amplia y menos eurocéntrica, el papa de Roma seguía siendo uno de los cinco patriarcas de la Iglesia. Todo eso pareció cambiar con el cisma de 1054. La explicación sencilla fue una serie de excomulgaciones recíprocas entre Humberto de Silva, legado del papa de Roma, y el patriarca de Constantinopla Miguel I Cerulario, quien había expulsado al legado romano por poner en duda su legitimidad al patriarcado oriental. Lo cierto es que lo que estaba detrás de este "incidente diplomático" era una lucha entre ambos patriarcados por la supremacía. El obispo de Roma reclamaba la autoridad sobre los patriarcados orientales, mientras que el patriarca de Constantinopla, por su situación en la capital imperial y la debilidad del resto de patriarcados orientales (mermada su influencia por el dominio islámico), reclamaba su propia autoridad o, si acaso, reconocía que el obispado de Roma tenía un carácter de primus inter pares por la interpretación de las escrituras.

Con el cisma de 1054 y la acusación (mutua) de alejamiento de la "Iglesia verdadera" el papa de Roma pudo así declararse cabeza ecuménica de la Iglesia, por encima del emperador y sin ningún igual, en base a su legitimidad como sucesor de Pedro. La consideración del Imperio oriental como bizantino (y por tanto griego y no romano) y de su Iglesia como ajenos a Europa (o lo que era lo mismo, la cristiandad) fueron conceptos que poco a poco fueron asentándose en el imaginario colectivo. En una época donde la historia era escrita por cronistas a servicio de la élite gobernante y pocos los que tenían acceso a leer y escribir, no fue muy difícil. Así, desde la Alta Edad Media el papado ha ido poco a poco adquiriendo, perdiendo y evolucionando sus atribuciones hasta hoy día.
"Instrúyanse, porque necesitaremos toda vuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos todo vuestro entusiasmo. Organí­cense, porque necesitaremos toda vuestra fuerza".

Antonio Gramsci, Fundador del Partido Comunista Italiano
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