martes, 19 de julio de 2011

A vueltas con España y el Estado Español


La construcción de la nación en España ha traído de cabeza a los historiadores. Entre ellos, por citar dos ejemplos, Borja de Riquer cree que la monarquía de los Austrias no logró integrar los diversos estados de la corona y que el proyecto de nación española del siglo XIX fue un intento fallido y posibilitó el surgimiento del nacionalismo periférico. Juan Pablo Fusi entiende que la construcción nacional española fracasó por la debilidad del Estado al no tener ni recursos ni un proyecto político nacionalizador, pero también por verse desafiado por el nacionalismo periférico. El fuerte localismo controlado por el caciquismo y la inexistencia de un proyecto educativo para alfabetizar y nacionalizar a los españoles, entre otras cosas, provocó esa distinción entre la "España real" y la "España oficial" que mencionaba Ortega y Gasset.

Este largo debate nunca se ha resuelto. La construcción nacional de España, como vemos, fracasó en el siglo XIX e inicios del XX. La II República, de no ser por su brutal y prematuro final, quizás hubiera tenido éxito a largo plazo con sus proyectos de autonomía regional, su ambiciosa reforma educativa inspirada en los valores de la Institución Libre de Enseñanza y la abortada colaboración política entre partidos con vías a la moderación: la Izquierda Republicana de Azaña con los socialistas y la Esquerra Republicana catalana, entonces federalista, por un lado; y la colaboración entre las derechas vasconavarras (PNV, carlistas, católicos) por la autonomía del País Vasco-Navarro y la formación del bloque de derechas con la CEDA y la Lliga Catalana. En un ambiente distinto, de moderación, quizás se hubiera resuelto el problema regional y hubiera triunfado un concepto de España más progresista y liberal. Como sabemos, no sólo la Guerra Civil sino todos los problemas arrastrados sin resolver desde el siglo anterior imposibilitaron esta vía.

El franquismo fue el culpable de la negativización y negación de España: la imposición de un nacionalismo homogeneizador, negando las diferencias culturales regionales, y aplicando una política unitarista y asimilacionista creó una imagen tan negativa de España -católica, uniforme y autoritaria- que el efecto fue la polarización y la reafirmación del nacionalismo periférico, ahora con nuevos argumentos frente al nacionalismo españolista, larvando hasta el fin de la dictadura. Entre esos dos mensajes, la realidad del país -la pluralidad cultural de la sociedad, heterogéneamente diversa incluso en las regiones con mayores particularidades culturales- quedó manipulada. La dictadura consiguió convertir ese proyecto de España como el único existente, como el demonio a combatir por el nacionalismo y la izquierda federalista o autonomista.

El nacionalismo periférico y la extrema izquierda, en su negación de España, la han venido a denominar como "Estado español". "España" es, a pesar de ser la denominación oficial del país, una palabra tabú, un reconocimiento como nación que, a su juicio, no puede tener. Quizás tenga su modo de ser para el argumentario y los textos nacionalistas y antiespañolistas. Por supuesto, confundirlo en términos académicos es un gravísimo error.

¿Qué es un Estado? ¿Qué es una nación? En definitiva, ¿cuándo es acertado decir España o decir Estado español? Por ir a una definición sencilla de lo que es Estado, el Diccionario de la RAE lo define como "conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano". Por añadir la definición de Max Weber, el Estado posee el monopolio legítimo para la coacción o la violencia. Para nación, la RAE señala dos acepciones: "conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno" o "conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común". Y, finalmente, país es la "nación, región, provincia o territorio".

Con estos conceptos, deberemos concluir que no podemos establecer "Estado español" como sustituto de "España" de la manera tan insistente que quieren creer algunos. Para los habitantes de España, es lógico decir "vivo en España" y no "vivo en el Estado español" ya que, según la definición de Estado que hemos recogido, es imposible. Mencionaremos Estado para referirnos a todos o uno de los órganos de gobierno que lo conforman. Al citar, por ejemplo, a las decisiones que han realizado varios países sobre un tema, sabemos que los han ejecutado sus gobiernos, que son representantes de sus países y reconocidos como tales por su población y por la comunidad internacional; por ello, es indistinto decir que "(tal país) ha decidido esto o lo otro" que "(tal gobierno) ha decidido esto o lo otro", puesto que sabemos a qué nos estamos refiriendo. Hace no poco escuché la frase "... Portugal, Francia, Estado español (...) han hecho tal cosa". Aquí se ve una connotación política clara, forzando el lenguaje de una manera ridícula.

Por supuesto que la voz "Estado español" es válida para otras situaciones: comparaciones entre diversos Estados entendidos como superestructuras jurídico-políticas, por emplear un término marxista, donde pudiéramos diferenciar, por ejemplo, la organización federal del "Estado alemán" de la organización autonómica del "Estado español". Este ejemplo nos lleva a una paradoja: gran parte de las fuerzas políticas que critican al "Estado español" forman parte de este al tener representación en diversos órganos como municipios, autonomías, etcétera. Diferenciar estos de los órganos centrales del Estado posee otra connotación política, negando de hecho que esas instituciones son integrantes del Estado legitimado por la Constitución de 1978. Muchas veces oiremos, no solo en los discursos nacionalistas, sino en la prensa menos nacionalista o de boca de muchos entender el Estado como el gobierno y el parlamento central. Sin llegar a ser mussolinianos, nada (de las instituciones españolas) quedan fuera del Estado.

Concluyendo, en este texto no se ha entrado en el tema identitario, aunque nos hemos acercado a él, pues está íntimamente ligado con lo que hemos discutido. No obstante, hay que saber qué conceptos manejamos u oímos y quién o por qué se distorsionan en nombre de qué intenciones.

2 comentarios:

bitdrain dijo...

Yo creo que lo que se evidencia en la ultima decada es el fracaso del modelo autonomico. Un modelo injusto y no igualitario que distingue regiones de primera y segunda categoria, una desigualdad notoria entre competencias y balance Estado-Region.

Un partido nacionalista no puede poder influir en el devenir del Estado cuando su espacio electoral es tan reducido.

Hemos entendido mal la administracion del Estado y hemos optado por una bicefalia derrochista e ineficaz.

Espanya siempre hace las cosas a medio y, por tanto, siempre nos sale todo mal.

Complicado panorama ;)

P.D: La imagen no me parece correcta. No aparecen los territorios extra peninsulares a excepcion de Baleares y remarca el papel de topico de Catalunya.

Dion dijo...

¡Impecable artículo, sí señor! Sospecho que si siguieras por ahí acabaríamos en desacuerdo, pero en el punto en que dejas el razonamiento, sólo puedo coincidir plenamente contigo.

Bitdrain: No confundas desigualdad con injusticia. Las Autonomías no pueden ni deben ser iguales. Ya Aristóteles lo dejó muy claro: justicia es tratar de forma desigual a los desiguales.

"Instrúyanse, porque necesitaremos toda vuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos todo vuestro entusiasmo. Organí­cense, porque necesitaremos toda vuestra fuerza".

Antonio Gramsci, Fundador del Partido Comunista Italiano
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