jueves, 9 de agosto de 2012

Política a ritmo de titular

La mediatización en la que vivimos es una moneda con dos caras. Por un lado, su aspecto positivo esla inmediatez. Estamos constantemente informados y prácticamente en directo. Nos enteramos al instante de, por ejemplo, un terremoto en nuestras antípodas; no podemos experimentarlo, no podemos sentirlo, pero ahí está, y sus efectos podemos verlos en la televisión, en, la radio, en la prensa y en Internet. Escuchamos tertulias al respecto, de la seguridad, la solidaridad... y las ONG's y personas altruistas comienzan campañas de recaudación de fondos, de alimentos, ropa, etcétera.

Su aspecto negativo es su fugacidad. Podemos estar una semana hablando de un tema candente. Si no vuelve a haber noticias relevantes, el recuerdo va decayendo paulatinamente, casi de forma imperceptible. Muchos no se acordarán de las grandes manifestaciones de monjes budistas de Birmania, ni de la crisis política tailandesa. Tampoco del terremoto de Haití o de Chile. Incluso el de Japón, que a las vidas humanas se le suma un gran impacto medioambiental, desaparece de nuestro recuerdo. Sin embargo, las consecuencias siguen ahí: miles de muertos, mares y campos contaminados, desplazados sin hogar... Qué podemos decir del hambre en África, o de las continuas guerras enquistadas que dejan miles de muertos y desplazados al año.

En la política también encontramos esa mediatización, con su inmediatez y su fugacidad. Los debates parlamentarios han ido perdiendo calidad en pos de la frase dedicada al titular de una noticia, los mítines se han transformado en grandes parafernalias para adornar un minuto de los telediarios. Un largo etcétera.

Los políticos se adaptan a esta situación. Había políticos que sabían cómo atraer la atención del público: los discursos de Felipe González cautivaban al oyente; las sornas de Xabier Arzalluz no dejaban títere con cabeza; las palabras de Adolfo Suárez, con esa experiencia de dirigir Televisión Española, se colaban tímidamente a venderte su discurso centrista. Qué decir de José Bono, jugando con su imagen moderada y presumiendo de tener amistades aquí y allá, o del lenguaje áspero y directo de Rodríguez Ibarra. Su retórica, nada vacía, complementaba su acción política. Queda poco de aquello.

Con una fuerte competencia, tanto política como mediática, cada vez cuesta más hacerse un hueco en la "conciencia colectiva" de los españoles. La estrategia de "que hablen mal de mí, pero que hablen" se ha consolidado. No es una crítica total, hay que reconocer la inteligencia o la calculada estrategia de aquellos políticos y equipos que se mueven a su alrededor de conseguir audiencia -sí, audiencia- y consolidarla de tal modo que no sea el político el que acuda a los medios, sino que sea al revés.

Quizás el problema sea el objetivo. No se trata solo de darte a conocer o de mantenerte vivo en las conciencias de los ciudadanos -aunque quizás sea más apropiado llamarlos espectadores-, sino de la acción política que complemente o no esa imagen mediatizada.

Tenemos, por ejemplo, el caso de Esperanza Aguirre. Con la presidenta de la Comunidad de Madrid los comentarios se cuentan por centenares. Ella sabe muy bien qué temas son polémicos para salir en los medios, cuáles van a provocar respuestas -retroalimentando la polémica- y cuáles van a tener aplausos. Está claro que el discurso pro taurino puede gustar a bastante de sus votantes, las pitadas al himno oficial en los partidos de fútbol, la relativización de la autonomía... más cuando se trata de azuzar ese anticatalanismo latente en la derecha madrileña, del peor nacionalismo español y tremendamente centralista. Esa identificación, de un acoso del resto hacia los madrileños -acusando indistintamente desde el Gobierno de Zapatero al nacionalismo periférico- ha aprendido muy bien las herramientas del victimismo nacionalista. Un nacionalismo español, madrileño, y para nada regionalista, aunque realmente así sea. Con sus palabras no nos puede decir mucho; ideológicamente, solo repitiendo "liberal" y "libertad" con su persona y su gobierno intenta confundirlo todo en uno. Le ha dado éxito electoral.

No obstante, no en resultados: su liberalismo no ha conseguido evitar que en la Comunidad de Madrid también haya paro y deuda -incluso deuda escondida- y, su política ha consistido en beneficiar a las empresas afines a costa de la calidad en educación y sanidad. Pero, ¿se habla de ello? Difícilmente. En eso tiene éxito Esperanza Aguirre, pues se habla de sus comentarios, incluso de los menos inteligentes, caso de las pitadas en los partidos de fútbol, se la critica duramente pero, gracias a eso, no se habla de los problemas reales a los que se enfrenta la Comunidad de Madrid.



Otro caso, sin irnos muy lejos, es Tomás Gómez. El líder de los socialistas madrileños, quizás al saber lo difícil que es derrotar a Esperanza Aguirre en Madrid, intenta entrar en su terreno. No con esos errores de principiante de ser "más thatcheristas que Thathcer", aceptando un porcentaje de privatización de la sanidad, que ciertamente lo alejan del izquierdismo del que hace gala actualmente. Sus intentos de estar en la boca de todos también pueden ser de otra índole: marcarse como posible alternativa en el PSOE nacional frente al aparato de Ferraz, controlado por Rubalcaba, con un toque de resquemor personal por los intentos de ser apartado de la dirección regional.

Su ocurrencia de proponer impedir por ley el acceso a cargos públicos a miembros del Opus Dei ha tenido éxito en el sentido de colarse en las noticias y en los comentarios de blogueros, tuiteros y demás miembros activos de las redes sociales. Este aspecto, el de las redes sociales, donde miles de personas comentan y comparten noticias es un elemento añadido a las declaraciones de estos políticos de la que nos es dificil sustraernos. Como se verá con el último ejemplo, poco importa que la propuesta sea claramente inconstitucional, pretendiendo vulnerar la libertad de asociación y de libertad religiosa, que nos devuelva a discursos caducos del anticlericalismo -y que pueda ser confundido con antirreligiosidad-, que se asuma un problema por el lado equivocado... no, lo importante es si estás a favor o en contra, cada postura con unos estereotipos bien marcados que, obviamente, no se pueden atribuir totalmente a nadie que tome partido. Las declaraciones políticas, no solo intentando obtener unos objetivos de notoriedad, tapando defectos propios, buscan promover la adhesión inquebrantable hacia un líder político. Peligrosa desviación de este fenómeno.

El último ejemplo es el más reciente, el asanto a supermercados en las localidales andaluzas de Écija y Arcos de la Frontera, por sindicalistas pertenecientes al Sindicato Andaluz de Trabajadores e instigados por Juan Manuel Sánchez Gordillo, miembro de IU y famoso alcalde de Marinaleda. Sin duda su acción ha podido abrir un debate en torno a los grandes beneficios de las grandes superficies, la comida que se tira y la gente que pasa hambre y cómo podemos, como ciudadanos, revertir esa situación. No obstante, ese debate es secundario y alimentado para minusvalorar lo que ha sido una acción ilegal y no exenta de cierta violencia. Como también es una excusa el argumento de entregar la comida robada al banco de alimentos y a los comedores sociales, sabiendo que ni ellos ni las ONG's pueden aceptar comida robada; se soslaya, además, la existencia de una gran red solidaria que no se reduce a ONG's altruistas sino a miles de personas que donan alimentos y a la labor de Cáritas.

El objetivo principal de la acción ilegal era, una vez más, ampliar la ya gran repercusión mediática que tiene Sánchez Gordillo en Andalucía, condicionando la labor de IU en la región y dentro del gobierno andaluz, en una actitud poco democrática. Lo reconocía el secretario general del SAT, Diego Cañamero: "Sin prisas. No importa si no podemos salir. El objetivo no es sacar". "Promocionar al guionista", decía El País, y muy acertadamente, pues el alcalde comunista jaleaba a sus seguidores con un megáfono desde fuera del comercio, una actitud algo hipócrita. La "acción simbólica" ha servido para acaparar los focos de los medios y ser el centro de atención, victimista ante una posible detención. De la comida ya no se habla, obviamente, porque no era lo importante, sino del "error" que sería detenerle. 

La acción, como en los anteriores casos citados, no ha sido práctica sino mediática. El debate generado en la red ha sido intenso. Ha servido para demostrar un aspecto más que se une a esta práctica de hacer política a ritmo de titular, el de la militancia política movilizada a través de las redes sociales.Más aún, la militancia política, a la vez que exige el apoyo sin condiciones a una causa política, también parece exigir negar la comprensión y análisis sosegado de los hechos. Lo importante no es la defensa justa de unas ideas y la crítica de las otras, sino horrorizarte ante actos que hace el adversario político de los que no te avergonzarías si lo hacen los propios compañeros de filas. Como con las declaraciones de Tomás Gómez, la acción de Sánchez Gordillo y sus seguidores exige la adhesión plena y el culto al líder, con el agravamente de la justificación de su acto, que nadie duda en calificar de ilegal. Esa dinámica es peligrosa al entrar en la justificación de los medios para lograr fines "justos", inclusive si los medios son violentos y no realizados por medios legítimos -como podría ser el caso de una expropiación realizada por el Estado y sujeto a las disposiciones legales-, que nos llevaría a la ley del más fuerte, muy lejos del discurso de defensa de los débiles. 

Se hace necesario un poco más de madurez y raciocinio al juzgar ciertas acciones, así como a debatir también esta política a ritmo de titular y la relación entre la clase política y la ciudadanía. No olvidemos que los políticos son un reflejo de nuestra sociedad. No estamos en un país donde no impera la ley y donde las acciones legítimas de protesta han dejado de funcionar. No estaría de más recordar que la descarga del Aurora fue un acto simbólico, que acompañaba a la toma del Palacio de Invierno, que fue un acto práctico y que sí cambió la historia.

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Antonio Gramsci, Fundador del Partido Comunista Italiano
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