jueves, 21 de octubre de 2010

Legislativas estadounidenses (I): Lo que está en juego

Durante los próximos tres días, en este blog se irán publicando una serie de artículos sobre las próximas elecciones legislativas estadounidenses. No soy un entendido en la materia, pero estas legislativas están cobrando mucha importancia tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. El fenómeno del Tea Party, la reacción al programa reformista de Barack Obama y la persistencia de la crisis económica marcan estas elecciones.

Por todo ello, dejo que Dion Baillargeon, compañero y estudiante de Historia, mucho más conocedor de la materia, nos acerque a comprender un poco más que está en juego en estas elecciones y cuáles son sus claves que pueden determinar el resultado final y sus consecuencias en la política estadounidense.

Javier Bouzas


En Estados Unidos, un tercio del Senado y la totalidad de los 435 miembros de la Cámara de Representantes son renovados cada dos años. Por lo tanto, aún fresca en la memoria la vorágine política que le llevó a la Casa Blanca, Barack Obama está a punto de enfrentarse a sus primeras elecciones legislativas. A la vista de la escasa información que puede encontrarse en los medios españoles, le ofrecí mi colaboración a nuestro anfitrión, Javier Bouzas, para publicar en su blog una pequeña serie de entradas sobre este proceso electoral. Con su permiso, trataré de sintetizar lo mejor posible mi perspectiva sobre el particular.


Para empezar, la monótona regularidad con la que el estricto calendario político marca los tiempos de las sucesivas presidencias, determina una serie de rasgos de la democracia estadounidense que es bueno tener en cuenta: primero, la famosa propensión a la atonía del electorado; en segundo lugar, la no tan conocida obsesión de los comentaristas políticos por rebuscar en recónditos paralelos históricos el fundamento de sus predicciones; y por último, la obligada anticipación con la que los mandatarios planean su estrategia de gobierno. En este particular marasmo democrático, nos puede pillar fácilmente desprevenidos la crucial importancia de alguno de los ciclos electorales bianuales que apretadamente jalonan la vida pública del país norteamericano.


No obstante, me atrevo a decir que estas son las elecciones legislativas más cruciales en décadas, y sus repercusiones pueden ir más lejos aún que las de 1994, cuando los demócratas perdieron el control del Congreso por primera vez en cuarenta años. Todos sabemos que Obama va a sufrir un severo revés en las urnas, y los más informados pueden decir que es normal, que el partido del presidente casi siempre pierde escaños en las legislativas de un primer mandato (una de las escasas excepciones es precisamente George W. Bush, que reforzó su mayoría en las cámaras en las elecciones de 2002, aún marcadas por el shock del 11-S). Pero esta vez es diferente.


Como ya he apuntado, los presidentes norteamericanos entran en la Casa Blanca con una agenda rigurosamente marcada: lo que no consigan sacar adelante durante sus dos primeros años de mandato es improbable que logre ser aprobado más tarde. Conocedor de esta tiránica imposición, Obama puso en marcha un ambicioso plan legislativo nada más tomar posesión de su cargo que, a diferencia de los que en su día impulsaron Jimmy Carter y Bill Clinton, ha tenido éxito. Aquí estriba la primera diferencia con anteriores elecciones: la oposición no trata sólo de capitalizar la circunstancia de un presidente impopular o un partido golpeado por la crisis económica en una campaña al uso (algo relativamente habitual), sino que está encabezando una inaudita cruzada en contra de unas leyes que ya son negro sobre blanco, y muy especialmente en contra de la reforma sanitaria. La promesa de derogar dicha reforma es el eje central de la campaña republicana, y el grito de “repeal” se ha convertido en el eslogan de los candidatos conservadores en todo el país. Los republicanos no conseguirán la mayoría de dos tercios necesaria en el Congreso para anular el seguro veto presidencial a una hipotética derogación de la ley, pero un tsunami conservador en noviembre podría ponerle las cosas muy fáciles a un eventual presidente republicano en 2012, sobre todo si logra convencer a suficientes legisladores demócratas de que el apoyo a una agenda progresista es tóxico para su supervivencia política.


Ante este panorama, los europeos podemos preguntarnos: “¿Y qué nos importa a nosotros la política doméstica estadounidense?”. La verdad es que, por desgracia, debería importarnos. No es este el lugar para entrar en arduos detalles sobre el sistema sanitario estadounidense, pero como Obama ha enfatizado en numerosas ocasiones, su reforma no responde sólo a una cuestión social, sino que es necesaria para garantizar la estabilidad fiscal del país en las próximas décadas; su efecto indirecto en el dólar y la economía internacional puede ser determinante, y no hace falta insistir en lo que esto supone sobre todo para países como España, tan necesitada de financiación exterior. Efectivamente, el voto de un granjero de Iowa el próximo 2 de noviembre puede acabar afectando a nuestra vida tanto como a la suya propia.


Pero la singularidad de estas elecciones legislativas no termina aquí. El sprint legislativo de sus primeros 24 meses de mandato evidencia que Obama era consciente desde el principio de que después de este noviembre no iba a tener en ningún caso el mismo margen de maniobra política. Valía la pena arriesgar, y la circunstancia no supone sorpresa alguna. Lo que seguramente no esperaba es que estas elecciones iban a determinar potencialmente el carácter de su oponente en 2012. La irrupción de los famosos tea partiers en las primarias republicanas no sólo ha desbancado a muchos de los candidatos preferidos por el aparato del partido, también ha eliminado o escorado a la derecha a los más templados. John McCain, antaño un republicano moderado, tuvo que pedir ayuda a Sarah Palin en las primarias de Arizona; Mitt Romney, hasta hace poco favorito para postularse de nuevo dentro de dos años, ha visto fulminadas sus posibilidades por su vinculación como antiguo gobernador de Massachussets a una reforma sanitaria local que ha servido de modelo para la del presidente. El éxito de este movimiento intolerante y descentralizado sólo encuentra precedente en el cosechado por los Know Nothings en las elecciones de 1854.


Por último, estas elecciones son también cruciales en lo que respecta a una de las prácticas más deleznables de la democracia estadounidense, tan ejemplar en otros aspectos. Cada diez años, las legislaturas estatales rediseñan los distritos electorales de acuerdo con el nuevo censo, y el partido mayoritario suele aprovecharse para dar rienda suelta a refinadas prácticas de gerrymandering que maximizan fraudulentamente sus réditos electorales. Ya en la redistribución de 1990 los republicanos consiguieron entre 25 y 30 escaños extra, sin los que seguramente Newt Gingrich no hubiera llegado a ser, cuatro años después, speaker de la Cámara de Representantes. Repitieron la experiencia en 2000. Si los republicanos consiguen el control de suficientes legislaturas estatales para volver a escorar a su favor la redistribución de 2010, el control del Congreso puede quedar en sus manos durante décadas.


Dion Baillargeon

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