miércoles, 22 de septiembre de 2010

La democracia en el mundo árabe


Ayer tuve el honor de asistir a la conferencia "Expectativas para la democracia en el mundo árabe" en la Casa Árabe de Madrid, pronunciada por Khair El Din Hasib. Hasib es doctor en Economía por Cambridge, máster en Economía por la London School of Economics, ex gobernador del Banco Central de Irak y actualmente director del Centro de Estudios para la Unidad Árabe.

La conferencia versaba en torno a las preguntas de qué significa la democracia en el mundo árabe, por qué el mundo árabe no ha seguido el camino de democratización de otras regiones como América Latina o Asia y cuáles son sus factores internos y externos. Lo que voy a pasar a relatar es un resumen de las notas que tomé.

Para el doctor Hasib, la democracia es el mejor modelo de gobierno posible, que no deja de poseer defectos, pero también está abierta a mejoras en su funcionamiento. Así, la democracia se convierte en patrimonio de la humanidad. Tras la I Guerra Mundial, los aliados no cumplieron sus promesas de mantener unido e independiente el mundo árabe liberado del dominio del Imperio Otomano, y por el contrario se lo repartieron entre las grandes potencias vencedoras (Gran Bretaña, Francia e Italia). Con ello, el mundo árabe pasó del dominio otomano a la del imperialismo occidental.

Los países árabes, fragmentados, llegado el momento de su independencia, no tuvieron oportunidad de evolución a la democracia. Hasib lo atribuye a la existencia de élites formadas en la época otomana, que fueron las que gobernaron los países tras su independencia entre los años 20 y 60 del siglo XX. Los tímidos intentos que se hicieron para celebrar elecciones no son comparables a un modelo democrático.

Sobre qué quiere decir democracia en el mundo árabe, el Centro de Estudios para la Unidad Árabe plantea hacer una "Hoja de ruta" sobre la disposición de estos países para la democracia. El proyecto de renacimiento del mundo árabe consiste para Hasib en varios elementos: unidad, democracia, justicia social, desarrollo económico independiente, independencia nacional y civilización, uniendo en un mismo proyecto las corrientes políticas del panarabismo, socialismo, nacionalismo e islamismo.

La democracia árabe debe contemplar un modelo de gobierno que reconozca la libertad (de expresión, reunión, asociación...), pluralidad política, representatividad local y nacional, libertad de elegir y ser elegido, votar y supervisar a los gobiernos, soberanía popular, separación de poderes, independencia judicial, alternancia política, un sistema socioeconómico justo e igualdad de derechos y oportunidades, plasmados en una constitución.

Mientras que en la última década del siglo XX países de América Latina, Europa Oriental, Asia o África han pasado de dictaduras a democracias, en el mundo árabe no ha ocurrido lo mismo, sino que se han mantenido la existencia de golpes militares y dictaduras. Sólo el régimen de Náser en su momento, según Hasib, consiguió incluir ciertos elementos de democracia, pero el resto de regímenes sólo querían mantenerse en el poder, impidiendo cualquier evolución a la democracia. Aunque fue a partir de la década de 1970 cuando empezaron a celebrarse elecciones parlamentarias, el poder aprendió cómo engañar mediante la falsificación electoral, vacíando de contenido y resultados las elecciones legislativas. Estas elecciones en el mundo árabe no tienen por qué llevar a reformas, según revistas árabes como "Contemporary Arab Affairs".

Lo que ocurrió, a juicio de Hasib, es que mientras que en América Latina el gobierno y la oposición reconocieron que eran incapaces de vencer a la otra parte, llegaron a acuerdos de transición a la democracia y de integración de ambas partes en un nuevo sistema político. En cambio, en el mundo árabe ninguna de las dos partes, gobierno y oposición, quieren negociar nada. No existe mentalidad pactista, reflejando el subdesarrollo político, social y cultural de las élites políticas e intelectuales árabes en gobierno y oposición. Mientras, estallan focos de desesperación popular, revueltas del pan y desconfianza a soluciones pacíficas.

La democracia sólo se aprende ejerciendo, en palabras de Hasib. Hay que excluir el recurso a la violencia, hay que empezar ejerciendo democracia interna en el seno de los partidos árabes, renuncias por ambas partes y la concreción de un "bloque histórico" que concerte unos objetivos de cara a la fase de transición a la democracia. Hace falta una cultura de democracia y de derechos humanos, que los niños árabes aprendan esos valores en las escuelas, además de que lo aprendan las autoridades y la sociedad. Hay que dinamizar y apoyar a los movimientos de derechos humanos y crear una opinión pública democrática.

En Occidente se confunde Islam con terrorismo, pero el Islam no es incompatible con la democracia y los derechos humanos. Existen paises como Túnez, Líbano, Marruecos, Egipto o Yemen donde los partidos islamistas han aceptado el juego político. Para Hasib, que los islamistas vayan a aprovecharlo para conquistar el poder y excluir a los demás es falso. Lo que hay que juzgar es su comportamiento y no las intenciones.


En la ronda de preguntas, el doctor Hasib defendió un modelo de democracia social, no un sistema capitalista, pero determinando que es al pueblo árabe a quien le incumbe escoger su sistema de gobierno. En Palestina, por ejemplo, las últimas elecciones fueron un proceso limpio que dio como resultado la victoria de Hamás. Occidente no quiso reconocer su victoria y practicó un doble criterio de reprochar la falta de democracia en el mundo árabe pero no aceptándola cuando no le interesa.

Sobre el conflicto del Sáhara Occidental, no se atrevió a pronunciarse claramente, argumentando que los países de pequeña población son económicamente inviables en la época de la globalización y por eso deben darse uniones políticas y económicas supraestatales, a semejanza de la Unión Europea. La desgracia de los árabes es situarse en una zona estratégica para la economía mundial. A las potencias occidentales les interesa que se mantengan disgregados y no se democraticen para que el precio del petróleo no cambie. El temor de Occidente es que el pueblo árabe exija un precio justo por el crudo para poder desarrollarse económicamente.

Sobre los islamistas, el doctor Hasib argumenta que éstos reconocieron que no existía un paradigma de Estado islámico, al existir tan pocos fragmentos sobre éste en los textos islámicos, por lo que el pueblo está capacitado para elegir lo que le conviene en cada momento. Lo mismo ocurriría con la Sharia, la ley islámica, al no poder darse una aplicación literal sino una interpretación de los principios que la inspiran.


En una opinión más personal, yo juzgo una visión demasiado optimista y tímida de la realidad árabe. Se quieren evitar unas críticas más concretas de las élites árabes en pos de la búsqueda de consensos panárabes, pero no es lo mismo la situación de la monarquía saudí que el régimen sirio o la monarquía marroquí. Asismismo, no se juzga con el mismo prisma la situación del Sáhara Occidental, ocupado ilegalmente por Marruecos, que el de Palestina, con un conflicto con una potencia no árabe como es Israel. Incluso la misma crítica a las élites dirigentes adolece de objetividad: el doctor Hasib ve en las élites educadas en la época otomana el primer obstáculo a la democratización en el mundo árabe, pero no hay que olvidar que las élites posteriores de los años 60 para adelante se han educado, como él mismo, en universidades occidentales.

La relación con Occidente siempre es difícil. Por un lado se achaca a su hegemonía política y económica los problemas que adolece el mundo árabe, por otro es fuente de inspiración para llegar a un modelo político democrático y al Estado de derecho que posibilite un "renacimiento" árabe. Sin obviar que en Occidente se educan los hijos de la élite. El "bloque histórico" que preconiza Hasib es un concepto típicamente gramsciano (y occidental), cuya filosofía política fue muy influyente en el socialismo árabe. Pero el bloque histórico debe ser verdaderamente ambicioso.

En un hándicap, realmente, que esas pretensiones tan loables como es conseguir la democracia en el mundo árabe deban moderarse en la búsqueda de consenso con las élites gobernantes para llegar a una transición, a la vez de buscar el máximo de apoyos posibles con la incorporación de los islamistas. No sólo hay que juzgar el comportamiento, sino saber cuáles son las intenciones de cada grupo. Para que la democracia sea efectiva, todos tienen que reconocer al adversario, a la vez que construir un modelo de pesos y contrapesos que evite la conquista del poder por un grupo en exclusiva. A pesar de la necesaria crítica, deseo con todo corazón que el mundo árabe alcance la libertad y la democracia.

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